Un agente apareció en la puerta con el teléfono de Daniel, recuperado durante el registro. Habían obtenido autorización para examinar los archivos relacionados con la investigación.
—Oficial —dijo—, encontramos un mensaje enviado la noche del accidente.
Ramírez se levantó.
—¿De quién?
El agente miró a los niños antes de responder.
—De Daniel Reyes a Marisol Vega.
Sofía sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—¿Qué decía?
El agente dudó.
La oficial tomó el teléfono y leyó el mensaje en silencio. Su expresión se volvió más severa.
Después se volvió hacia Sofía.
—Necesito que seas valiente. El mensaje fue enviado veintitrés minutos antes de que tu madre muriera.
Sofía apretó la mano de Mateo.
—¿Qué decía, oficial?
Ramírez dejó el teléfono sobre la mesa.
En la pantalla brillaban unas pocas palabras.
«Haz lo que acordamos. Los niños nunca deben enterarse de que yo estaba allí».
Capítulo 4: El mensaje que mi padre intentó borrar
Sofía leyó el mensaje una vez más. «Haz lo que acordamos. Los niños nunca deben enterarse de que yo estaba allí». Las palabras parecían moverse sobre la pantalla. Durante años, había imaginado la muerte de su madre como una escena sencilla: lluvia, una carretera resbaladiza y una ambulancia llegando demasiado tarde. Su padre siempre había contado la misma historia, con los mismos detalles y la misma expresión de tristeza. Ahora, cada recuerdo parecía una fotografía quemada por los bordes.
—¿Qué significa que estaba allí? —preguntó Mateo. La oficial Elena Ramírez bloqueó la pantalla del teléfono. —Todavía no lo sabemos, cariño. —¡Pero es el teléfono de mi papá! —protestó Mateo—. ¡Él sabe lo que pasó! Sofía miró a la oficial. —¿Pueden obligarlo a decir la verdad? Ramírez no apartó la mirada. —Podemos hacer preguntas, reunir pruebas y confrontarlo con lo que encontremos. Pero no puedo prometerte que tu padre vaya a contarnos todo. —Entonces, ¿cómo vamos a saberlo? —Por eso estamos investigando.
Sofía se sentó lentamente. Tenía las manos heladas y el labio le ardía cada vez que intentaba hablar. En la mesa había una copia del informe del accidente de Lucía Reyes. Ramírez había permitido que lo observara, aunque algunas páginas permanecían dentro de una carpeta cerrada. Sofía señaló una línea. —Aquí dice que el vehículo fue encontrado fuera de la carretera, pero que mi mamá estaba sola cuando llegaron los paramédicos. —Así es. —Entonces, ¿por qué papá escribió que estaba allí?
Ramírez abrió su libreta. —Hay varias posibilidades. Una persona puede llegar después de un accidente, ayudar y marcharse antes de que lleguen los servicios de emergencia. También puede mentir sobre su presencia. Necesitamos determinar cuál de esas posibilidades encaja con las pruebas.
Mateo se levantó de la silla. —Yo recuerdo algo. Las dos lo miraron. El niño jugueteaba con el borde de su camiseta azul. —Cuando era pequeño, papá me llevó al cementerio. Dijo que mamá había muerto porque llovía mucho. Pero después me dijo que no le contara a Sofía lo que había visto en su teléfono. Sofía se acercó a él. —¿Qué viste? —Una fotografía de mamá dentro de un coche. Ella estaba llorando. —¿Cuándo? —No sé. Era de noche. Papá cerró el teléfono cuando me vio.
Sofía sintió que se le encogía el estómago. —¿Y por qué nunca me lo dijiste? Mateo bajó la cabeza. —Porque me dijo que, si hablaba de esa foto, tú también podrías morir.
La habitación quedó en silencio. Ramírez se acercó al niño y se arrodilló. —Mateo, necesito que entiendas algo. Ningún adulto tiene derecho a utilizar el miedo para obligarte a guardar un secreto. Lo que le hayas contado a tu hermana no te hace responsable de lo que pasó.
Mateo comenzó a llorar. Sofía lo abrazó, pero sus propios ojos permanecieron secos. Estaba demasiado ocupada intentando comprender cómo el hombre que le había enseñado a cruzar la calle podía haber utilizado una amenaza para mantenerla callada.
Entonces, el teléfono de Ramírez vibró. La oficial leyó la notificación y se puso de pie. —Han terminado de revisar la memoria USB. —¿Qué encontraron? —preguntó Sofía. —Además de la grabación de tu madre, hay un archivo de video fechado hace tres semanas.
Sofía dejó de respirar. La cámara. La pequeña cámara que había instalado para demostrar que Marisol les hacía daño. —¿Es la grabación de nuestra sala? —Sí. Pero hay algo que no esperábamos encontrar. Ramírez giró su computadora portátil hacia ellos.
En la pantalla aparecía la sala de su casa. El sofá color crema, la estantería, la lámpara junto a la ventana. Y Daniel. No llevaba su camisa azul marino habitual. Vestía una camiseta oscura y estaba de pie frente a la estantería, sosteniendo la cámara diminuta entre los dedos. La fecha del video coincidía con una noche en que Daniel supuestamente se encontraba en San Antonio por negocios.