El teléfono empezó a vibrar junto a la rodilla de Vanessa. Ella apartó la mano de su mejilla y estiró los dedos hacia la pantalla, pero Daniel retrocedió antes de que aquel gesto volviera a encenderle la rabia. Se miró la mano con la que acababa de golpearla. Detrás de él, su hijo había soltado un gemido.
—No voy a volver a tocarte —dijo, con la respiración entrecortada—. Voy a llamar a la policía.
Sacó su propio móvil sin acercarse al que estaba en el suelo. Dio la dirección, pidió asistencia para dos menores y añadió que había agredido a la mujer que los había golpeado. Decirlo delante de sus hijos le costó más que apretar los dientes. Pero no quería empezar a protegerlos con otra mentira.
Vanessa dejó de buscar el teléfono.
—Daniel, por favor. Piensa en lo que van a ver los vecinos.
Él se volvió hacia la niña de seis años, que seguía junto a su hermano, con la camiseta coral arrugada entre los puños.
—Lucía, ven conmigo. Los dos.
Los llevó hasta la cocina, desde donde podía ver la entrada del salón sin mantenerlos frente a Vanessa. El niño se agarró a su chaqueta azul grisácea. Daniel le preguntó si podía abrazarlo; Mateo asintió, y él lo levantó evitando presionar el brazo amoratado.
—Lo que he hecho tampoco está bien —les dijo—. Nadie tiene derecho a pegar. Ni ella ni yo. Ahora van a venir personas que saben ayudarnos.
Lucía no respondió. Miraba la puerta como si esperara que alguien la cerrara por fuera.
El móvil del salón dejó de vibrar. Después llegó el sonido breve de un mensaje. Vanessa se incorporó apoyándose en el sofá gris, recogió el aparato y lo apretó contra su blazer mostaza.
—Tu hija está confundida con lo de Elena. Lleva meses diciendo cosas.
Daniel sintió el nombre de su mujer como una presión en la garganta. Cuatro meses desde la llamada que había convertido una carretera mojada en el final de toda su vida. Y ahora aquella frase de Lucía, los documentos, la palabra accidente atravesada por una negación.
—No vas a hablar con ellos —contestó.
—Entonces habla tú conmigo. Rafael puede explicarte…
Se interrumpió. Daniel alzó la vista.
Rafael era su socio en la pequeña empresa de reformas, el hombre que había organizado los trabajos mientras él apenas conseguía vestirse después del entierro. Vanessa llevaba la administración. Había empezado a quedarse a cenar para ayudarlos y, seis semanas atrás, se había instalado en el cuarto de invitados. Daniel nunca la había presentado como una nueva madre. Sin embargo, le había dado las llaves y demasiado poder para decidir por los niños.
El timbre sonó antes de que pudiera preguntarle por su socio.
Una agente entró primero. Su compañero se quedó con Vanessa mientras ella acompañaba a Daniel y a los pequeños a la cocina. Se llamaba Inés y no pidió a Lucía que repitiera nada. Se agachó a cierta distancia y le preguntó si le dolía alguna parte del cuerpo.
—Si hablo, ¿papá se va? —susurró la niña.
Daniel cerró los ojos un instante.
—Voy a estar contigo —respondió—. Y si tengo que salir de una habitación, te diré dónde voy.
Inés pidió asistencia sanitaria y escuchó aparte el relato del padre. Cuando él reprodujo lo que Lucía había dicho de Elena, la agente anotó sus palabras exactas y le pidió que no la interrogara.
—Primero, que estén a salvo. Después veremos qué significa.
Desde el salón llegó la voz de Vanessa, más alta:
—¡Ese despacho también lo utilizaba Rafael! ¡No podéis cargarme todo a mí!
Su compañero le pidió que bajara la voz. Inés miró hacia el pasillo.
—¿Dónde está el despacho?
Daniel señaló la puerta del fondo. Recordaba una tapa de registro bajo el escritorio, instalada años atrás para acceder a unos cables. Nunca le había parecido un escondite. Era una parte más de una casa que creía conocer.
Lucía rozó la manga de la agente.
—Mamá metió un sobre donde hace frío —dijo—. Detrás del tubo. Yo le llevaba sus zapatillas.
Inés no le hizo otra pregunta. Se puso de pie y avisó a su compañero para que nadie entrara allí. Daniel se quedó con los niños mientras ella avanzaba por el pasillo. Al llegar a la puerta, vio algo que él no había advertido al volver del trabajo: el borde de la alfombra estaba doblado y había dos tornillos sobre el escritorio.