Conservaron el sofá gris y las cortinas grandes, que también habían conocido tardes felices. En una estantería colocaron fotografías de Elena, no solo la imagen seria elegida para el funeral. Había una con harina en la mejilla y otra en la que apenas aparecía porque estaba abrazando a los niños desde detrás.
Vanessa escribió una carta por medio de su abogada, ya desde prisión. Reconocía el daño y pedía que algún día se la leyeran a los pequeños. Daniel la revisó con Adriana y decidió no entregársela entonces. La guardó entre los documentos del caso, fuera de la vida cotidiana de los niños. Respondió únicamente que se respetaran los límites establecidos. El arrepentimiento de una adulta no le daba derecho a volver a ocupar su infancia.
Rafael no volvió a influir en la familia ni en la empresa. Los fondos recuperados se administraron de forma transparente, y Daniel reservó para los niños las indemnizaciones que les correspondían.
Con el tiempo, las pesadillas se hicieron menos frecuentes. La psicóloga fue espaciando las citas cuando los pequeños estuvieron preparados, sin convertir cada retroceso en una derrota. Mateo dejó de esconderse bajo los muebles. Lucía empezó a llevar amigas a merendar y a protestar cuando su padre cortaba la pizza en porciones desiguales. Daniel descubrió que una queja dicha sin miedo podía ser una de las cosas más hermosas que había escuchado.
Una tarde, mientras preparaban una tortilla, Mateo golpeó sin querer un vaso con el codo. El agua se extendió por la encimera y cayó al suelo. Durante un segundo, los tres miraron el charco.
—Voy por un paño —dijo Lucía.
Mateo levantó el vaso, comprobó que no se había roto y se acercó a su padre.
—Se me ha caído.
—Lo he visto. ¿Me ayudas a secar?
El niño asintió. No escondió las manos ni buscó una mesa bajo la que desaparecer. Daniel le entregó un paño pequeño y siguió batiendo los huevos mientras los hermanos discutían sobre quién había secado más.
Después llevaron la tortilla al salón. Se había partido al darle la vuelta, como aquella del vídeo. Lucía soltó una carcajada y pidió que hicieran una foto antes de comérsela.
Daniel dejó el teléfono apoyado, se sentó entre sus hijos y esperó al pequeño destello. En la imagen salieron los tres riéndose, con la tortilla rota delante y una silla vacía a un lado de la mesa. Ya no necesitaron apartar la silla ni explicar la risa.
Aquella noche, al acostarse, Lucía pidió que dejaran la puerta abierta. Daniel lo hizo. Desde el pasillo oyó a Mateo preguntarle a su hermana si mañana volverían a cocinar.
—Si queremos, sí —contestó ella.
Daniel apagó la luz del salón y fue a preparar el desayuno del día siguiente. Las puertas de los niños permanecieron abiertas, y detrás de ellas no se oyó ninguna súplica: solo dos voces pequeñas haciendo planes.
FINAL