—Son adjudicaciones a proveedores que, según unas notas de su mujer, no realizaron esos trabajos.
Durante un instante pensó que Elena había muerto creyéndolo un ladrón. Le faltó el aire de una forma tan violenta que tuvo que levantarse.
—Necesito ver lo que escribió.
—Lo hará acompañado de su abogado. Mañana organizaremos la declaración. Esta noche no se comunique con su socio acerca de estos documentos.
Daniel colgó y encontró en su pantalla tres llamadas perdidas de Rafael. Había también un mensaje: «Vanessa me ha dicho que ha habido un problema. No hagas nada hasta que yo llegue. Elena ya exageró una vez».
No respondió. Hizo una captura, conservó el mensaje y lo remitió por el cauce que el inspector acababa de indicarle. Después llamó a un abogado que conocía de la empresa, pero se detuvo antes de marcar. También lo había recomendado Rafael. Buscó, en cambio, el número de la abogada que había llevado la separación de Clara.
En el dormitorio, Mateo empezó a llamarlo. Daniel dejó el teléfono y fue hasta él. El niño no quería agua ni una luz más fuerte.
—¿Puedes quedarte hasta que cierre los ojos?
Daniel se sentó en el suelo, a la altura de la cama. Mientras le acariciaba el pelo, supo que al día siguiente tendría que responder por sus firmas, por su golpe y por todos los lugares donde había estado ausente. Pero aquella noche había una primera promesa que sí podía cumplir.
—Aquí estoy
Daniel seguía junto a la cama cuando Clara apareció con una manta. La extendió sobre sus hombros y se sentó enfrente, apoyada en la pared.
—La abogada te llamará a primera hora. Se llama Teresa.
Él miró a Mateo, que por fin dormía con la boca entreabierta.
—¿Cómo no lo vi?
Clara tardó en contestar.
—Eso tendrás que entenderlo. Pero no se lo preguntes a ellos para que te consuelen.
Daniel asintió. Su hermana no iba a permitirle esconderse ni siquiera dentro de su propia culpa, y se lo agradeció sin palabras.
Por la mañana, antes de salir, les explicó a los niños que hablaría con unas personas sobre lo ocurrido y que Clara se quedaría con ellos. Dibujó en un papel el desayuno, la comida y su regreso. No prometió una hora exacta que no controlaba. Prometió llamar si cambiaban los planes.
Teresa lo esperaba cerca de las dependencias policiales. Tenía una carpeta sencilla y una forma de escuchar que no dejaba espacio para las evasivas. Daniel le contó primero lo que más vergüenza le daba: la bofetada.
—No quiero que parezca que la escondo detrás de lo que hizo ella.
—Entonces no la escondamos. Y tampoco confundamos responsabilidades distintas.
Le explicó que podría haber actuaciones por aquel golpe, además de las relativas a los menores y a los documentos. Daniel entró a declarar sabiendo que proteger a sus hijos no le concedía permiso para mentir sobre sí mismo.
Cuando pudo ver una copia de la hoja de Elena, reconoció enseguida la inclinación de las letras. La fecha era de dos días antes de su muerte.
«Dani: si encuentras esto antes de que hablemos, no firmes nada más que te dé Rafael. Hay facturas duplicadas y transferencias que no reconozco. Algunas llevan una firma que parece tuya. He comparado una con el contrato del colegio. No coinciden. No creo que lo sepas, pero necesito que compruebes cada documento antes de enfrentarte a él».
Daniel tuvo que dejar la hoja sobre la mesa.
Durante meses había recordado la última discusión con Elena. Ella le había pedido que cancelara una visita de obra para hablar y él había respondido que no podía abandonarlo todo cada vez que ella se inquietaba por una cuenta. Después se habían despedido con un beso rápido. Desde entonces, aquella prisa lo atormentaba.
La carta no lo absolvía de no haber escuchado. Pero Elena no había muerto creyendo que él compartía el engaño.
Había otro párrafo.
«He vuelto a dejar los originales en la caja. Estas son las copias que he podido hacer. Están detrás del conducto, dentro de una funda. Si Rafael retira la caja, quizá no mire más. El jueves veré a Mercedes Roldán. No quiero que los niños estén aquí cuando hablemos de esto».
Salas le preguntó por la caja.
Daniel recordó entonces el periodo en que habían reformado la oficina de la empresa. Durante casi un año, Rafael había trabajado varias tardes por semana en aquel despacho. Había instalado una pequeña caja metálica dentro del registro, supuestamente para guardar talonarios y documentación de pagos. Daniel sabía que existía; no sabía que seguía utilizándola ni que las cuentas que guardaba no eran las mismas que presentaba a su socio.
—Elena buscaba la garantía de la caldera —dijo—. Se lo oí comentar la semana anterior. Yo le dije que mirara en el archivo del despacho.
Entre las copias había un cuaderno de liquidaciones donde las cantidades se repartían bajo dos iniciales: R y V. Cada asiento remitía a una factura. Algunas correspondían a materiales nunca entregados; otras elevaban el precio que realmente había cobrado un proveedor.
—Que haya iniciales no demuestra por sí solo quién recibió ese dinero —advirtió Salas—. Lo vamos a seguir.
Mercedes Roldán era una abogada especializada en asuntos de empresas. Cuando los investigadores contactaron con ella, confirmó que Elena había concertado una cita. Conservaba el correo en el que anunciaba irregularidades y adjuntaba dos facturas. Elena nunca había llegado a su despacho. Mercedes se había enterado después de su muerte por una comunicación de la empresa y había supuesto que la familia conocía aquella consulta.
Daniel no había recibido nada. La cuenta general de administración la gestionaba Vanessa.
Al terminar la declaración, Teresa salió con él a un pequeño patio. Daniel tenía las manos frías.
—Voy a perder la empresa.
—Ahora no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que hay trabajadores y clientes que necesitan cuentas claras. Tendrás que permitir que alguien independiente las revise.
Su teléfono sonó. Era Rafael. Teresa negó suavemente con la cabeza, pero Daniel ya no tenía intención de contestar. Al cabo de unos segundos apareció un mensaje de voz. Lo escucharon juntos.