Inés se detuvo sin cruzar el umbral. Fotografió desde fuera la posición de los tornillos y preguntó a Daniel si había hecho alguna reparación reciente.
—No. Ayer estaba todo en su sitio.
Vanessa, que ya había escuchado sus derechos y esperaba junto al otro agente, giró la cabeza hacia el pasillo. No dijo nada. Aquella vez su silencio inquietó a Daniel más que todas sus explicaciones.
Los sanitarios llegaron poco después. Examinaron a ambos niños con calma y recomendaron completar la valoración en el hospital. También ofrecieron atención a Vanessa por el golpe. Daniel entregó las llaves de la casa, autorizó que se preservara el despacho y llamó a su hermana Clara para que acudiera al hospital. Antes de salir, pidió un momento junto a Inés.
—La niña dijo que su madre no murió en un accidente.
—Lo he anotado. No vamos a ignorarlo. Pero necesitamos averiguar qué vio y qué oyó, sin ponerle palabras en la boca.
Él asintió. Había pasado de no querer escuchar nada doloroso a querer una respuesta inmediata para todo. Comprendió que aquella urgencia también podía hacer daño.
En el coche, Lucía se sentó junto a Mateo. Ninguno preguntó adónde iban. Daniel mantuvo una mano abierta sobre el asiento durante el trayecto, y su hija acabó poniendo dos dedos en su palma.
En urgencias, una pediatra les explicó cada gesto antes de examinarlos. El enrojecimiento de la mejilla de Lucía no era grave, pero había otras señales que debían documentarse. El moratón de Mateo tampoco procedía de aquella tarde. Al oírlo, Daniel recordó la sudadera que el niño no había querido quitarse el domingo, a pesar del calor. Vanessa había dicho que estaba caprichoso. Él había aceptado una explicación tan cómoda que ahora le daba vergüenza recordarla.
Clara llegó con una bolsa de ropa y el peluche que Mateo guardaba en casa de su abuela. No corrió a abrazarlos. Se sentó a su lado y esperó a que ellos se acercaran.
—He traído calcetines de rayas —dijo—. Pero también normales, por si hoy las rayas molestan.
Mateo abrió apenas la bolsa. Fue el primer movimiento suyo que no parecía destinado a esconderse.
Mientras los niños permanecían con Clara, Daniel habló con una trabajadora del hospital. Le contó sus horarios, la ayuda de Vanessa, las comidas que llegaba a tiempo de besar sin compartir. No culpó al trabajo ni a la muerte de Elena. Ambas cosas habían existido; ninguna explicaba por completo que hubiera dejado de mirar.
—Pensé que mis hijos necesitaban rutina —dijo—. Cada vez que lloraban, ella aseguraba que yo los desordenaba.
—Ahora necesitan saber que pueden acudir a usted incluso cuando lo que cuenten le duela.
La frase le acompañó cuando un inspector llamado Salas lo llamó desde la casa. Habían encontrado un sobre detrás de un conducto, en el hueco bajo el registro del suelo. El cierre estaba cubierto de polvo. Fuera de aquel escondite, sobre el fondo del hueco, había marcas limpias que sugerían que antes se había guardado allí una caja.
—En el sobre aparece su nombre. No lo hemos manipulado más de lo necesario para recogerlo y documentarlo. También hay documentación de su empresa.
Daniel apoyó la frente contra la pared del pasillo.
—Mi mujer era quien revisaba los presupuestos conmigo. Desde que nacieron los niños trabajaba menos horas, pero conocía las cuentas.
—Necesitaremos esos datos y los del siniestro en el que murió.
Cuando regresó a la sala, Lucía estaba coloreando una casa sin ventanas. Al verlo, cubrió el dibujo con las manos.
—No he hablado de más —dijo.
Él se sentó a su lado.
—Puedes hablar todo lo que necesites. Y puedes no hablar ahora.
—Vanessa decía que, si te ponías triste otra vez, te llevarían a un sitio y no volverías.
Daniel sintió que Clara le sujetaba el hombro. Esperó hasta poder responder sin romperse delante de su hija.
—A veces necesito ayuda porque estoy triste. Eso no es culpa tuya. Los mayores vamos a ocuparnos de que estéis cuidados.
Lucía levantó la vista.
—Mamá dijo que te lo iba a explicar todo. Luego no vino.
Él no intentó unir aquella frase con ninguna otra. La sostuvo mientras lloraba, sin pedirle fechas, nombres ni detalles que una niña no tenía por qué ordenar para los adultos.
Esa noche se quedaron en casa de Clara. Daniel dejó el móvil sobre la mesa y se sentó en el pasillo, con las puertas de ambos dormitorios entreabiertas. A las once recibió otra llamada del inspector. Los documentos habían sido abiertos durante su examen. Había copias de transferencias, facturas de proveedores y una hoja escrita por Elena.
—Hay algo que conviene aclarar cuanto antes —dijo Salas—. En varios contratos aparece su firma.
Daniel se enderezó.
—He firmado muchos contratos.