«No sé qué te están contando. Tu mujer estaba obsesionada conmigo y Vanessa. Si sacas esas facturas, te vas a hundir tú también. Las firmas son tuyas. Acuérdate de tus hijos antes de hacer una estupidez».
Teresa conservó el mensaje para entregarlo. Daniel sintió el impulso de devolver la llamada y gritar hasta arrancarle una confesión. En lugar de hacerlo, marcó a Clara.
Lucía quiso hablar con él.
—¿Estás enfadado conmigo?
—No, cariño. Estoy deseando volver.
—He roto un vaso.
Él cerró los ojos. Por un vaso roto, su hija necesitaba comprobar desde otra casa que aún tenía un padre al que regresar.
—¿Te has hecho daño?
—No.
—Eso es lo que quería saber.
Cuando llegó, Clara había recogido el cristal y Mateo estaba colocando servilletas alrededor de un vaso de plástico, como si construyera una muralla. Daniel no retiró aquella protección. Se sentó a comer con ellos.
A media tarde, el inspector volvió a llamar. Habían revisado el expediente del siniestro. Un testigo había mencionado una furgoneta clara que se marchó poco después de que el coche de Elena saliera de la carretera. En su momento no pudo aportar matrícula ni asegurar que hubiera intervenido. Entre los documentos de la empresa figuraba una furgoneta blanca cuyo uso correspondía a Rafael.
—Necesitamos identificar dónde estuvo ese vehículo después de la muerte de su mujer.
Daniel se levantó despacio. Le había firmado una autorización de gasto a su socio la semana del entierro. Apenas había mirado el concepto.
—La llevó a un taller —dijo—. Me contó que había rozado una columna.
—¿Recuerda el nombre? —preguntó Salas.
Daniel abrió en su teléfono el correo donde recibía las autorizaciones de pago. Esta vez no buscó con desesperación: puso el altavoz, dejó que el inspector le indicara qué dato necesitaba y localizó la factura por la fecha. El taller estaba en un polígono cercano a la salida norte. Se había sustituido una pieza delantera y reparado un lateral.
—Voy a remitirle el documento completo —dijo.
Después permaneció un momento con el móvil en la mano. Le resultaba insoportable pensar que quizá hubiera autorizado con su firma la desaparición de una huella. Teresa, a quien llamó enseguida, lo obligó a precisar.
—Autorizaste una reparación sin saber esto. No conviertas ahora cada ignorancia en una intención. Nos hace falta que recuerdes con exactitud.
Daniel pasó el resto de la tarde preparando información: quién tenía llaves, qué vehículos usaba cada trabajador, qué días había estado fuera. Clara se ocupó de los niños. De vez en cuando él dejaba los papeles y entraba en el salón para que lo vieran. No quería que la búsqueda de su madre volviera a quitarles a su padre.
Al anochecer, Mateo le acercó el peluche: un brazo se había descosido. Daniel pidió ayuda a Clara y se quedó mirando cómo lo arreglaba, con el niño apoyado contra su rodilla. Cuando terminaron, Mateo acarició la costura visible y no pidió que la escondieran.
Al día siguiente, Daniel acompañó a los pequeños a una primera cita con una psicóloga infantil del servicio que los atendía. Lucía quiso que su padre se quedara cerca de la puerta. Mateo prefirió entrar con Clara. La profesional, Adriana, no buscó una gran revelación: habló con ellos de lugares donde se sentían seguros, de pedir ayuda y de qué adultos podían escuchar.
Más tarde, a solas con Daniel, le explicó que una investigación necesitaba profesionales y procedimientos propios, y que las sesiones no debían convertirse en interrogatorios domésticos.
—Si cuentan algo espontáneamente, escuche. No complete la frase ni intente comprobarla diez veces. No tienen que resolver lo ocurrido para merecer protección.
La averiguación sobre la furgoneta avanzó sin que él pudiera verla. Dos días después, Salas lo citó para contrastar un dato. El encargado del taller conservaba fotografías de entrada del vehículo, tomadas para el presupuesto. Había restos de pintura oscura en una zona dañada. En el expediente del coche de Elena constaban roces que entonces no habían permitido determinar si eran anteriores o se habían producido al salirse de la vía.
La comparación exigía especialistas. No era una respuesta inmediata, pero ya no era solamente la memoria de un testigo.
Además, un mecánico había reconocido a Rafael y recordaba su insistencia en pagar sin esperar a la aseguradora. Aquello, aislado, tampoco demostraba un delito. Lo inquietante era el horario de recepción: había dejado la furgoneta a primera hora de la mañana siguiente a la muerte, antes de visitar a Daniel para abrazarlo.
—Me dijo que venía del hospital —murmuró él.
Salas dejó que el silencio terminara.
—Estamos comprobando también sus movimientos y las comunicaciones de ese día. No queremos que usted lo busque.
—No voy a hacerlo.
Aun así, tuvo que esperar en el coche a que se le pasaran las ganas de buscar a su socio.
Recordó a Rafael con Mateo en brazos durante el entierro. Se obligó a detenerse: si dejaba que la imaginación ocupara cada hueco, acabaría sin distinguir la verdad.
En casa de Clara le esperaba otra noticia. La directora del colegio había llamado para ofrecer una reunión. Al revisar las comunicaciones recientes, habían encontrado dos avisos sobre el retraimiento de Lucía. Vanessa los había contestado desde la cuenta familiar. Había asegurado que la niña estaba en seguimiento por el duelo y que Daniel prefería centralizar los mensajes en ella para no alterarse.
No existía ese seguimiento. Daniel había pensado que Vanessa concertaría una consulta; después, cuando preguntó, ella le aseguró que no hacía falta precipitarse.
Al día siguiente acudió al colegio. No exigió a los docentes que cargaran con su culpa ni aceptó que todo se redujera a una confusión. Juntos revisaron contactos, autorizaciones y formas de avisarlo directamente. La directora admitió que debieron insistir en hablar con él. Daniel admitió que había delegado más de lo que debía. Por primera vez desde la muerte de Elena, una conversación difícil acabó en medidas concretas.
Al regresar, encontró a Lucía sentada en la alfombra con una caja de lápices. Le pidió permiso para sentarse.
—¿Vanessa puede venir aquí? —preguntó ella.
—No. Hay una orden para que no se acerque a vosotros. Y estamos tomando otras medidas para estar seguros.