La niña contó que Vanessa buscaba algo en el despacho aquella tarde. Ella había dicho que su madre había guardado papeles bajo el suelo, porque pensó que, si encontraban lo que buscaban, dejarían de enfadarse. Después Vanessa le exigió saber dónde estaban. Lucía solo recordaba un tubo frío y la mano de su madre detrás de él.
Daniel escuchó sin interrumpirla.
—Dijo que mamá había estropeado todo por mirar donde no tenía que mirar —añadió—. Que por eso ya no estaba. Y que a ti podía pasarte igual.
La afirmación terrible del salón empezó a tener una forma. Lucía no había visto morir a su madre. Había unido una amenaza con una ausencia, y Vanessa había utilizado ese miedo para mantenerla callada.
—Tú no hiciste que pasara nada malo —dijo Daniel—. Ni por ver a mamá ni por contarme lo que sabías.
Su hija empezó a llorar sin cubrirse la boca. Él se quedó a su lado, dejando que su hombro estuviera disponible.
Por la noche, una vez que los niños se durmieron, llamó a Salas para transmitir exactamente aquellas palabras. El inspector lo escuchó y le informó de algo más: habían localizado un documento de salida de material que situaba la furgoneta de Rafael cerca de la carretera aquella tarde. Su explicación de que había estado en una obra distante empezaba a derrumbarse.
—Mañana vamos a hablar con él.
Daniel miró el dibujo que sus hijos habían pegado en la nevera de Clara. Tres figuras ocupaban casi toda la hoja. La más pequeña tenía unos brazos desproporcionadamente largos que alcanzaban a las otras dos.
—Dígame qué tengo que hacer para que ellos no vuelvan a verlo —respondió.
Salas repasó con Daniel las precauciones que ya habían acordado: limitar la información sobre los desplazamientos de los niños, mantener actualizadas las personas autorizadas en el colegio y avisar ante cualquier intento de contacto. No le prometió que el miedo desapareciera con una conversación. Le dio un número y una instrucción concreta: no afrontar solo ningún acercamiento.
A la mañana siguiente, Daniel llevó a Lucía hasta la puerta de su aula. Ella se detuvo antes de entrar.
—Si pienso algo feo de Vanessa, ¿me vuelvo como ella?
Él se agachó, cuidando de no bloquearle el paso.
—Pensar algo cuando estás enfadada no es lo mismo que hacer daño. Puedes contar lo que sientes.
Lucía asintió, pero no lo soltó hasta ver a su profesora.
Al salir, Daniel recibió un mensaje desde un número desconocido. Era una fotografía de un contrato con su firma y, debajo, una frase: «Podemos hablar sin abogados y dejar a los niños fuera».
Lo entregó a Teresa. Horas después supieron que el número pertenecía a un teléfono que Rafael utilizaba para tratar con proveedores. Su socio no había acudido de inmediato a la citación. Había alegado encontrarse fuera, aunque seguía en la ciudad.
Durante aquellos días, el trabajo se convirtió en otro campo lleno de cosas que Daniel había dejado de entender. Había pagos pendientes y clientes asustados. Convocó a la plantilla con una asesora contable independiente y anunció que se revisarían los movimientos, sin prometer que no habría dificultades. Cedió la gestión diaria de las obras a un encargado veterano y bloqueó nuevas autorizaciones que no pasaran por una doble revisión.
Uno de los albañiles lo esperó al terminar.
—Elena me llamó por unas facturas de sacos que nunca recibimos —dijo—. Yo le mandé las entregas reales. Pensé que era una comprobación de las suyas.
Aquel hombre todavía conservaba la conversación. Daniel le pidió que la entregara a los investigadores sin reenviarla de mano en mano. Cada vez que alguien aportaba una pieza, Elena dejaba de ser la mujer inquieta que Rafael describía. Había preguntado, comparado y buscado ayuda. Había trabajado con paciencia mientras quienes la engañaban confiaban en que nadie la tomaría en serio.
Rafael acabó compareciendo acompañado de su abogado. Según explicó después Teresa a Daniel, negó haber causado la muerte y aseguró que la contabilidad irregular obedecía a órdenes de su socio. Presentó varios documentos como respaldo. La policía ya tenía otros originales con los que contrastarlos.
La acusación golpeó a Daniel a pesar de que la esperaba. Pasó una noche pensando en sus hijos al otro lado de una puerta a la que él no pudiera acercarse. Por la mañana pidió a Teresa que no le ocultara nada.
—Si hay algo que hice mal, necesito saberlo.
—Hay decisiones negligentes que tendrás que afrontar en la empresa. Y hay firmas cuya autenticidad se está estudiando. No son la misma cosa. Rafael quiere mezclarlas.