«Un hombre con visión de Estado, no como tú, que solo sabes gastar el dinero de los contribuyentes en queroseno y desfiles», me había espetado en Nochebuena, mientras Valeria sonreía con condescendencia al otro lado de la mesa.
Toda mi vida me habían tratado como a la paria, la oveja descarriada que no producía dividendos ni traía apellidos ilustres a la mesa de los Montero.
Y ahora descubría que el imperio que pretendían consolidar con este matrimonio se levantaba sobre los informes de seguridad nacional que pasaban a diario por mi propio despacho en Torrejón.
—¿De dónde sacaron las coordenadas y las fechas de licitación, Antonio? —pregunté, conteniendo la respiración.
Cabrera no respondió de inmediato.
Desvió la mirada hacia una de las mesas laterales, donde reposaba una bandeja de plata con copas intactas.
—Alguien dentro de la Secretaría Técnica del Cuartel General filtró los borradores del anteproyecto hace tres meses.
—Eso es alta traición y malversación agravada —susurré, con una furia sorda quemándome el pecho.
—Y el intermediario que cobró la comisión de apertura en una cuenta de Ginebra tiene su mismo apellido, mi general.
La hacienda entera pareció disolverse a mi alrededor.
Los murmullos de los quinientos invitados, el tañido distante de las campanas de la capilla exterior, el aroma asfixiante a azahar marchito y cera caliente; todo se convirtió en un rumor blanco y lejano.
¿Mi apellido?
¿Mi padre? ¿O Valeria?
Recordé las visitas repentinas de mi hermana a mi residencia militar en Madrid el otoño anterior.
Ella jamás se había preocupado por mi salud, ni por mis misiones, ni por mi soledad.
Sin embargo, en octubre había aparecido con regalos caros, cajas de pasteles artesanos y una falsa dulzura que me había parecido enternecedora en su momento.
«Quiero que estemos más unidas ahora que me voy a casar, Isa», me había dicho con los ojos humedecidos mientras se paseaba por mi biblioteca privada.
«Déjame ayudarte a ordenar esas carpetas tan aburridas, pareces una vieja solitaria entre tanto papel oficial».
Sentí una punzada viva en el estómago, un vacío físico similar a la despresurización repentina de una cabina a diez mil metros de altura.
Había sido yo.
Sin saberlo, con mi ingenua necesidad de creer que mi hermana pequeña al fin buscaba mi afecto, había dejado expedientes de clasificación confidencial sobre la mesa de mi propio salón.
Me tragué la náusea con una disciplina de hierro.
No podía quebrar el gesto.
No allí.
No bajo las miradas rapaces de Méndez-Salazar y de mi padre, que no apartaban los ojos de mi uniforme como si fuera un fantasma acusador en mitad de su fiesta de coronación.
—¿Dónde están las copias de los registros bancarios? —exigí a Cabrera, bajando aún más la voz.
—El capitán Roldán está en el vehículo de transmisiones, aparcado en el camino de tierra detrás de las caballerizas —contestó él sin vacilar—. Tiene el terminal satelital enlazado con la Unidad Central Operativa.
—¿Por qué no me informó en Madrid? ¿Por qué esperó a que pisara esta finca?
Cabrera giró levemente el rostro.
En sus ojos grises y cansados vi una sombra de compasión que me dolió más que cualquier insulto de mi padre.
—Porque usted jamás me habría creído si se lo decía en un despacho aséptico de Torrejón, mi general.
Hizo una pausa y clavó la vista en mi padre, que en ese momento empezaba a caminar con paso vacilante hacia nosotros, apoyado en su bastón con empuñadura de plata.
—Usted necesitaba verles la cara en el momento exacto en que comprendieran que el techo se les viene encima —agregó el coronel—. Y porque la orden de intervención no lleva mi firma. Lleva la suya.
Mi padre se abría paso entre los corrillos de oficiales con la respiración entrecortada.
Cada paso que daba sobre las losas de mármol parecía costarle un esfuerzo sobrehumano, pero su orgullo herido empujaba sus piernas hacia adelante.
Vestía un frac impecable, pero la tela le quedaba ligeramente holgada en los hombros, delatando esa fragilidad senil que él se empeñaba en ocultar tras un rictus de desprecio absoluto.
A su espalda, Valeria intentaba detenerlo con la mirada, mordiéndose el labio inferior con una desesperación mal disimulada.
—¿Qué significa este circo, Isabel? —ladró mi padre en cuanto estuvo a tres pasos de mí, omitiendo cualquier saludo.
Su voz sonó cascada, pero cargada del veneno autoritario con el que había tiranizado mi infancia y la de mi madre difunta.
Varios de los coroneles que nos rodeaban dieron un paso instintivo hacia adelante para interponerse, pero levanté apenas dos dedos de mi mano enguantada.
Los oficiales se detuvieron en seco, congelados en su disciplina.
—Padre —dije con una serenidad que me costó jirones de alma construir—. Buenos días.
El anciano clavó sus ojos acuosos en las dos estrellas doradas que brillaban sobre las palas de mis hombros.