El ambiente se volvió tan denso que costaba trabajo inhalar el aire impregnado de marisco, cera y perfume caro.
Llegué exactamente al frente del altar civil y de la mesa imperial.
Me detuve en seco.
El choque de mis talones cerrando la posición de firmes sonó como un latigazo en una cripta cerrada.
—Baje esa copa, don Fernando —pronuncié.
Mi voz no fue un grito.
Fue una orden modulada a baja frecuencia, gélida, cargada con el peso implacable de quien ha ordenado bombardeos de precisión y repliegues bajo fuego enemigo.
El patriarca palideció hasta que sus labios se tornaron de un color morado ceniza.
—¿Cómo te atreves a dirigirte a mí en ese tono? —siseó el anciano, apoyando ambas manos sobre la mesa y volcando accidentalmente el salero de plata—. ¡Soy tu padre! ¡El cabeza de esta casa!
—Usted dejó de ser el cabeza de esta casa en el instante exacto en que decidió tasarla en el mercado negro de la especulación militar —respondí sin alterar un solo ápice mi respiración.
Un murmullo de pánico colectivo recorrió las mesas como una ola de viento frío sobre un trigal.
Gonzalo de la Vega se puso de pie de golpe, derribando su silla de caoba hacia atrás con un estrépito sordo.
—¡Basta ya de esta payasada castrense! —exclamó el novio, señalándome con el dedo índice mientras la vena de su cuello se hinchaba desmesuradamente—. ¡Usted no está en su cuartel general, señora Montero! ¡Esta es una finca privada y yo soy el dueño! ¡Seguridad, saquen inmediatamente a esta mujer de aquí!
Nadie se movió.
En los cuatro arcos de acceso al salón principal, los guardias de seguridad privada de uniforme negro permanecían inmóviles, con los ojos muy abiertos y las manos a la vista.
Detrás de cada uno de ellos, dos números de la Policía Militar armados con fusiles de asalto y luciendo los brazaletes blancos de la autoridad judicial habían tomado el control de los accesos sin disparar un solo tiro.
Gonzalo miró hacia la puerta del fondo, buscó con desesperación la mirada del cabo primero Romero, y solo encontró la estampa severa de los suboficiales del Ejército del Aire que le impedían el paso.
—Sus mercenarios no van a sacarme de aquí, señor de la Vega —dije con una ironía filosa como un escalpelo—. Porque sus mercenarios saben perfectamente lo que significa el artículo doscientos sesenta y cuatro del Código Penal Militar.
Méndez-Salazar, que hasta ese instante había observado la escena con la arrogancia intacta del viejo zorro que cree haber borrado sus huellas, dejó caer el puro sobre el mantel.
La ceniza tibia quemó una esquina del encaje de hilo.
—General Montero —intervino Méndez-Salazar, levantándose con lentitud pesada y recurriendo a su viejo timbre de mando cuartelero—. Está usted cometiendo un gravísimo exceso de atribuciones. Esto es una celebración familiar y civil. Cualquier discrepancia técnica sobre el repliegue del sector logístico debe ventilarse el lunes a primera hora en la Dirección General.
Giré el rostro hacia él muy despacio.
Nuestras miradas se cruzaron como dos bayonetas desenvainadas en una trinchera estrecha.
—Usted ya no tiene despacho en la Dirección General, Méndez-Salazar —le espeté con desprecio cortante—. Usted es un militar en la reserva con la pensión intervenida preventivamente desde hace cuarenta y ocho horas por el Tribunal de Cuentas del Reino.
El viejo general retirado abrió la boca, pero no salió sonido alguno de su garganta.
La máscara de respetabilidad se le derrumbó de golpe, revelando la silueta decrépita de un especulador arrinconado.
—Coronel Cabrera —ordené en voz alta, sin apartar los ojos de los tres hombres que presidían la estafa—. Entregue los legajos a la jueza instructora.
Cabrera avanzó dos pasos marciales con una carpeta de cuero negro bajo el brazo y la depositó sobre la mesa presidencial, justo entre la copa temblorosa de mi padre y el centro de flores blancas de Valeria.
—Expediente trescientos doce barra veinticuatro —recitó Cabrera con la precisión de un fiscal castrense—. Diligencias previas incoadas de oficio por el Juzgado Togado Militar Central por delitos continuados de revelación de secretos de la Defensa Nacional, cohecho activo y falsedad documental en transacción inmobiliaria.
El silencio que siguió a la lectura fue tan absoluto que se podía escuchar el goteo de la lluvia cayendo desde el alero del tejado exterior.
Valeria hundió la cabeza entre los hombros, temblando de forma incontrolable.
Las lágrimas rompieron por fin las barreras de su maquillaje, cavando surcos oscuros a través de sus mejillas pálidas.
—Isabel… por favor… por mamá… —gimió en un susurro destrozado que solo llegó a los que estábamos a menos de un metro de la mesa.
El nombre de nuestra madre cayó sobre nosotros con la violencia asfixiante del incienso en un funeral de pueblo.