Miré a través de las arcadas del patio hacia el interior del salón.

A través de los grandes ventanales de cristal emplomado, podía ver a los novios.

La ceremonia civil privada ya había concluido.

Valeria estaba en el centro de un corro de mujeres de la alta sociedad sevillana, riendo con esa coquetería aprendida, sosteniendo una copa de cristal con dos dedos mientras presumía del anillo de diamantes que le había regalado Gonzalo.

Mi padre, a unos metros de distancia, bebía whisky con la mano crispada, mirando continuamente hacia el arco por donde yo había salido.

Su figura encorvada, su traje de etiqueta impoluto, su desprecio de cuatro décadas; todo aquello se sostenía sobre una mentira tan frágil que un solo soplido mío bastaría para reducirla a cenizas y vergüenza pública.

Bastaba una palabra mía por el canal cifrado de Cabrera.

En menos de tres minutos, doce todoterrenos de la Policía Militar entrarían por el camino de cipreses levantando polvo y grava.

Hombres armados con fusiles reglamentarios y brazaletes reflectantes cruzarían las puertas de nogal.

Interrumpirían el banquete.

Esposarían a Gonzalo de la Vega en mitad del brindis nupcial.

Sentarían a Méndez-Salazar en el asiento trasero de un furgón celular ante los ojos de los generales a los que él pretendía impresionar.

Y a Valeria…

A Valeria se la llevarían con su vestido de novia de encaje de Bruselas manchado por el barro del patio, acusada de un delito de revelación de secretos de interés nacional y blanqueo de capitales que acarreaba penas de entre seis y doce años de prisión militar.

Y mi padre…

A sus ochenta y dos años, el corazón del patriarca Fernando Montero no resistiría la visión de su hija consentida esposada en el día de su boda.

Se desplomaría sobre las mismas losas de mármol que había pagado para humillarme.

La prensa nacional abriría los telediarios de las tres de la tarde con el escándalo del siglo: «Tráfico de influencias y alta traición en la élite militar durante la boda de la hermana de la general Montero».

El apellido Montero quedaría sepultado en el fango de la infamia para siempre.

Una brisa gélida trajo las primeras gotas de lluvia sobre el naranjo.

Una de ellas cayó sobre el botón dorado de mi hombrera, resbalando como una lágrima metálica.

Sentí el abismo abriéndose bajo mis pies.

No era miedo a la batalla.

Había sobrevolado zonas hostiles bajo fuego antiaéreo sin que el pulso me subiera de ochenta pulsaciones por minuto.

Era el desgarro de constatar que no me quedaba nada a lo que llamar hogar.

Si daba la orden, ejecutaba la justicia estricta de la ley y protegía la seguridad de las Fuerzas Armadas a las que había entregado mi existencia entera.

Pero al hacerlo, ejecutaba también a mi propia sangre.

Me convertía en la verdugo oficial de una familia que, aunque podrida y cruel, era la única que tenía en este mundo.

Y si no daba la orden…

Si dudaba por un instante de debilidad sentimental…

Méndez-Salazar movería ficha primero antes del lunes a las nueve de la mañana, cuando se abrieran las plicas en la Dirección General de Armamento y Material.

Filtraría los documentos a la prensa señalándome a mí.

Y mis treinta y cuatro años de honor, mis noches en vela en los hangares, mis hombres caídos que confiaron en mi liderazgo; todo quedaría manchado por la sospecha irrevocable de la corrupción.

—Mi general —insistió Cabrera, con la voz más grave, notando la parálisis en mi postura—. Los vehículos están a dos minutos del portón principal. La jueza militar pide confirmación de la intervención o aplazamiento táctico hasta la firma del acta nupcial.

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que el dolor me subió por las sienes.

—Dígale a Roldán que espere —ordené con un hilo de voz que apenas reconoció mi propio oído.

Cabrera alzó las cejas, sorprendido por primera vez en quince años de servicio conjunto.

—¿Suspender la operación?

—He dicho que espere, no que la suspenda, coronel —corregí de inmediato, recuperando la firmeza de mando con la brusquedad de un latigazo.

Cabrera cuadró los hombros al instante.

—A la orden. ¿Cuál es el nuevo marco temporal?

—Quiero ver los documentos originales de la sociedad instrumental. No las copias interceptadas por vía telemática.

—Están dentro de la finca, mi general —advirtió Cabrera, señalando con la barbilla hacia el ala noble del cortijo—. En el despacho privado de la planta alta. El notario ha traído los libros de actas para la ratificación de las capitulaciones matrimoniales y la ampliación de capital después del banquete.

—Entonces voy a subir a ese despacho.

—Es una imprudencia, señora. Gonzalo tiene seguridad privada apostada en la cancela de la escalera. Hombres de la vieja contrata de seguridad de Méndez-Salazar. Si la ven merodeando fuera de la zona de invitados…