—Yo no he venido a humillar a nadie, Valeria.
—¡Mentira! —soltó en un susurro rabioso que resonó contra la madera oscura de los peldaños—. Siempre has sido una envidiosa. Toda la vida mirándome por encima del hombro porque mamá me quería más a mí. Porque papá me eligió a mí para continuar el legado de la familia.
—¿El legado? —pregunté, acercándome apenas dos centímetros hacia su rostro—. ¿Llamas legado a poner tu nombre en una sociedad fantasma que compra tierras robando secretos del Estado?
El silencio cayó entre nosotras con el peso aplastante de una losa de plomo.
La copa de cristal se le resbaló de entre los dedos.
La atrapé en el aire por puro reflejo militar antes de que estallara contra los peldaños de caoba, sin hacer el menor ruido.
Valeria se quedó petrificada.
Sus ojos, muy abiertos, se clavaron en los míos con un terror animal, absoluto y descarnado.
La máscara se había quebrado por completo.
No había altanería.
No había soberbia de niña rica.
Solo quedaba una mujer joven atrapada en una red de codicia que la sobrepasaba por todos los costados.
—Tú… tú no sabes nada —balbuceó con la voz rota, retrocediendo un escalón hacia arriba.
—Sé más de lo que te imaginas, hermanita —le dije, depositando la copa intacta sobre la moldura de un cuadro al óleo que adornaba la pared—. Sé lo que fuiste a buscar a mi casa en noviembre. Sé qué cajón abriste. Y sé qué fecha marcaste en la caja fuerte.
Valeria se llevó ambas manos a la boca, ahogando un sollozo seco que sonó más a náusea que a llanto.
—Isabel… no es lo que piensas… Gonzalo me dijo que era un trámite ordinario… que papá estaba de acuerdo…
—Papá está arruinado, Valeria —solté la verdad con la crudeza de un disparo a quemarropa—. Lleva tres años quebrado por las deudas de juego y las malas inversiones en la costa. Te vendió a Gonzalo y a Méndez-Salazar para salvar su pellejo y su reputación en el club de campo.
—¡No! ¡Papá me quiere! ¡Él nunca me haría daño! —gritó en un murmullo histérico, con los ojos anegados en lágrimas que amenazaban con destruir su rímel de alta gama.
—Papá no quiere a nadie más que a su propio reflejo en el espejo, Valeria. Y a ti te ha puesto en la primera línea de fuego para que el misil te dé a ti y no a él.
En ese preciso instante, unos pasos pesados y rítmicos resonaron en el descansillo superior de la escalera.
La sombra alargada de un hombre con traje oscuro y pinganillo en la oreja se proyectó sobre el tapiz del rellano.
—¿Ocurre algún problema, señorita Montero? —preguntó una voz masculina, seca y entrenada, desde lo alto de los peldaños.
Valeria se dio la vuelta bruscamente, intentando recomponerse a toda prisa, pasándose el dorso de la mano por las pestañas humedecidas.
—Ningún problema, Romero —contestó ella con la voz temblorosa pero forzando un tono autoritario—. Solo estaba hablando con mi hermana.
El escolta de seguridad privada bajó tres escalones.
Tenía el cuello de toro de los antiguos operativos de unidades especiales y la mano derecha sospechosamente cerca de la abertura de su americana entallada.
Al ver mis galones dorados y el cordón de Estado Mayor sobre mi pecho, su mirada cambió al instante.
Reconoció el rango de inmediato.
La vacilación en sus ojos fue palpable: sabía perfectamente que cualquier maniobra agresiva contra un oficial general en acto de servicio dentro del territorio nacional acarreaba consecuencias devastadoras.
—Mi general —dijo el hombre, cuadrándose levemente con una disciplina residual que no había conseguido borrar del todo en su paso al sector privado—. El señor de la Vega me ha ordenado custodiar esta planta. Nadie ajeno a la comitiva nupcial puede subir antes del almuerzo.
Miré al escolta con una frialdad glacial, midiendo cada centímetro de su postura.
—Retírese a su puesto, cabo primero —dije, usando el rango que su postura delataba sin necesidad de ver su expediente militar—. La señorita Montero y yo estamos concluyendo un asunto de estricta competencia familiar y protocolaria.
El hombre titubeó.
Miró a Valeria, esperando una orden de repliegue o una confirmación, pero mi hermana estaba demasiado conmocionada para articular una sola sílaba coherente.
—A la orden, mi general —respondió finalmente el escolta, dando tres pasos hacia atrás y perdiéndose de nuevo en la penumbra del piso superior.
Me volví hacia Valeria.
Ella se apoyaba en el pasamanos de caoba, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo entrecortado.
—Tienes una última oportunidad de decirme la verdad, Valeria —le dije en voz muy baja, mirándola a los ojos con toda la gravedad de mis cincuenta y dos años de vida y de dolor acumulado—. ¿Firmaste tú el anexo tres con las coordenadas operativas de la Fuerza Aérea, sí o no?