Pude ver cómo tragaba saliva con dificultad.
Durante toda su vida, él se había jactado de codearse con ministros, banqueros y terratenientes.
Conocía perfectamente los códigos de poder en este país.
Sabía que dos estrellas en el Ejército del Aire equivalían a una autoridad ante la cual los propios presidentes de sala de la Audiencia Nacional se ponían en pie.
Y esa autoridad la ostentaba la niña a la que él había expulsado de su testamento por negarse a casarse con el heredero de unas bodegas de Jerez.
—Te prohibí… te advertí claramente que vinieras vestida de civil —siseó entre dientes, bajando el tono para que los invitados más cercanos no captaran la humillación—. Querías arruinarle el día a tu hermana. Siempre has sido igual de egoísta y resentida.
Sentí el roce frío de la culpa infantil intentando trepar por mi espina dorsal.
Esa vieja culpa tóxica que los padres negligentes inoculan en sus hijos para mantenerlos atados a su desprecio.
Durante un microsegundo, volví a tener siete años, llorando en un rincón del salón mientras mi padre felicitaba a Valeria por un dibujo mediocre y rompía mis diplomas escolares por considerarlos «una pérdida de tiempo para una mujer».
Pero el segundo pasó.
El metal de mis condecoraciones pesaba en mi pecho, un recordatorio tangible de que mi valor lo había forjado yo sola, entre metralla y tempestades, sin un solo céntimo ni un solo abrazo de ese hombre.
—Este uniforme no es un disfraz para fiestas, padre —respondí, mirándolo directamente a las pupilas dilatadas por la rabia—. Es el uniforme reglamentario que me corresponde llevar en actos donde asisten mandos superiores y autoridades del Estado.
—¡Esto no es un acto del Estado! —escupió él, apoyando el bastón con tanta fuerza que la virola metálica rechinó contra el mármol—. ¡Es la boda de mi hija pequeña!
—Entonces pregúntele al padrino de su yerno por qué ha convocado a la mitad de la cúpula militar a este enlace —repliqué con una frialdad gélida.
El color abandonó por completo el rostro de mi padre.
Sus mejillas flácidas pasaron del rojo colérico a una palidez cenicienta.
Sus ojos bailaron hacia la figura de Méndez-Salazar, que en ese momento simulaba una conversación desenfadada con un general de división del Ejército de Tierra mientras vigilaba cada uno de mis movimientos.
—No… no sé de qué me estás hablando —tartamudeó el anciano, perdiendo por primera vez la compostura en su tono—. Gonzalo es un empresario intachable. Ha sido muy generoso incluyendo a tu hermana en sus sociedades.
—Generoso —repetí con una sonrisa amarga que no llegó a mis ojos—. Una generosidad que cuesta exactamente catorce millones de euros de dinero público sobrevalorado.
Mi padre dio un traspié involuntario hacia atrás.
Tuvo que sujetarse al respaldo de una silla de nogal dorado para no perder el equilibrio.
—Cállate, Isabel. No digas tonterías delante de la gente. Nos estás avergonzando.
—Aún no he empezado a hablar, padre. Y le aseguro que cuando lo haga, la vergüenza no va a ser el mayor de sus problemas.
Me di la media vuelta con un giro marcial perfecto, dejándolo con la palabra en la boca y el bastón tembloroso en la mano.
Cabrera me siguió de cerca mientras atravesábamos la antesala en dirección a las arcadas del patio andaluz.
El aire exterior, aunque cargado de humedad y con un cielo de plomo que amenazaba tormenta sobre el valle del Guadalquivir, me supo a gloria bendita comparado con la podredumbre del salón.
—Mi general —dijo Cabrera en voz baja en cuanto cruzamos la cancela de forja—. Roldán acaba de enviar la confirmación del volcado de datos.
Nos detuvimos bajo la sombra de un naranjo amargo, lejos de los camareros que transportaban bandejas con copas de Jerez y canapés de jamón ibérico.
El suelo de albero estaba húmedo por el rocío de la mañana.
A unos cincuenta metros, junto a las caballerizas de ladrillo visto, una furgoneta negra con cristales tintados mantenía el motor encendido al ralentí, casi inaudible bajo el rumor de una fuente de piedra.
—Dígame los detalles, Antonio. Sin anestesia —ordené, apoyando la espalda contra una columna de piedra caliza.
Cabrera sacó del bolsillo interior de su guerrera un receptor táctico cifrado, no más grande que una pitillera.
La pantalla parpadeaba con un cursor verde fosforito.
—La sociedad instrumental se llama *Promociones Bética Real S.L.*.
—¿Quién figura como administradora única?
—Valeria Montero.
Cerré los ojos un instante.
Un dolor punzante, físico y visceral me atravesó la boca del estómago, bajando hasta las entrañas.
Mi hermana pequeña.
La niña a la que le enseñé a montar en bicicleta cuando nuestro padre estaba demasiado ocupado en sus almuerzos de negocios para preocuparse de si se rompía las rodillas.
La hermana a la que cubrí tantas veces en la adolescencia para evitarle las palizas verbales de un patriarca desquiciado.