El sonido era agudo, seco, como el chasquido de un percutor metálico en una recámara vacía.
En la cabecera de la mesa imperial, don Fernando Montero se puso en pie con una lentitud teatral, sosteniendo su copa de champán con la mano derecha.
Su frac oscuro caía sobre sus hombros encorvados, y la pechera almidonada de su camisa crujía levemente con cada respiración trabajosa.
A su derecha, Gonzalo de la Vega sonreía con suficiencia, acomodándose la corbata de seda con el ademán ensayado de quien se sabe dueño indiscutible del cortijo.
A su izquierda, Valeria permanecía sentada, rígida como una estatua de cera colonial.
El velo de novia le caía hacia atrás sobre el respaldo labrado de caoba, y sus dedos, helados y crispados, apretaban una servilleta de hilo hasta dejarla arrugada como un puño de papel.
No había tocado el solomillo ni la copa de vino de Rioja.
Sus ojos, enrojecidos por un llanto que se había esforzado en secar con polvos de arroz, esquivaban desesperadamente la entrada lateral del salón.
—Querida familia, ilustres amigos y distinguidas autoridades —comenzó mi padre, con esa voz engolada y profunda que durante cuatro décadas había dictado sentencias inapelables en las juntas de accionistas y en los comedores domésticos.
El salón guardó silencio absoluto.
Más de cuatrocientas personas fijaron sus miradas reverentes en el patriarca.
El teniente general retirado Méndez-Salazar, sentado en el bando de honor, asintió con una media sonrisa cómplice mientras se llevaba un puro apagado a los labios.
—Hoy no solo celebramos la unión de dos almas nobles y de dos linajes que han honrado esta tierra durante generaciones —prosiguió don Fernando, hinchando el pecho apergaminado bajo los focos de araña—. Celebramos la victoria de la perseverancia, de los verdaderos valores que sostienen una estirpe.
Hizo una pausa calculada, recorriendo con la vista las mesas repletas de empresarios, banqueros y jueces.
—En un mundo que se desmorona por la falta de lealtad, mi hija Valeria ha sabido ser la guardiana de nuestras tradiciones, el orgullo indiscutible de este anciano que ya ve el ocaso de sus días.
Varios aplausos tibios brotaron de las primeras filas.
Valeria tragó saliva con tanta dificultad que el tendón de su cuello se marcó como una cuerda tensa bajo la piel blanca.
—Ella jamás ha buscado el conflicto ni los caminos estériles que solo traen soledad y egoísmo —enfatizó mi padre, y sus pupilas diminutas y rapaces buscaron deliberadamente mi figura en la penumbra del fondo de la sala—. Ella entendió que la verdadera grandeza de una hija no se mide en condecoraciones vacías ni en desfiles lejanos, sino en la capacidad de construir para los suyos, de enriquecer el hogar y perpetuar el honor del apellido Montero.
El dardo estaba lanzado.
Envenenado, certero, diseñado para clavarse en mi orgullo militar delante de mis propios subordinados.
Gonzalo levantó su copa hacia el patriarca con un cabeceo condescendiente.
—¡Por los novios! —bramó don Fernando, alzando el brazo con un temblor triunfante—. ¡Y por la prosperidad eterna de la familia Montero!
Las copas de los invitados comenzaron a elevarse al unísono.
En ese milisegundo suspendido, antes de que el cristal chocara contra el cristal, di el primer paso hacia adelante.
El chasquido de mis tacones de gala contra el mármol no fue rápido ni atropellado.
Fue el paso regular, implacable y medido de una marcha fúnebre de ordenanza: sesenta pasos por minuto.
Pam.
Pam.
Pam.
El sonido del cuero herrado repercutió en la bóveda del salón con una resonancia tan metálica y autoritaria que congeló el brindis en el aire.
Las cabezas de los comensales se volvieron hacia el pasillo central como movidas por un mismo resorte.
Avanzaba en solitario por la alfombra granate que dividía la estancia en dos mitades perfectas.
Mi uniforme de gran etiqueta del Ejército del Aire, de un azul noche profundo e impecable, absorbía la luz dorada de las lámparas venecianas.
En mi hombro izquierdo, los cordones de Estado Mayor relucían con un brillo de oro macizo.
En mi pecho, la venera de la Gran Cruz del Mérito Aeronáutico con distintivo blanco y la placa de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo formaban una coraza impenetrable de sacrificios y cicatrices institucionales.
Llevaba la gorra de plato bajo el brazo izquierdo, sujeta con la presión exacta del reglamento.
Mis ojos, fijos y despiadados, no se desviaron ni un milímetro de los ojos de mi padre.
—Isabel… —murmuró el anciano, bajando la copa a media altura, con un rictus de ira descomunal desfigurándole la boca—. ¿Qué pretendes hacer ahora? Siéntate en tu mesa y deja de hacer el ridículo.
No me detuve.
A cuatro metros de la mesa presidencial, Cabrera y dos capitanes de transmisiones se desplegaron en silencio a ambos lados del pasillo, bloqueando las salidas que daban a los jardines.