Valeria no era un monstruo.
Era una víctima más de la maquinaria trituradora de afectos que don Fernando Montero había instalado en nuestra casa desde antes de que tuviéramos uso de razón.
La diferencia entre ella y yo era que yo había tenido la fuerza para huir a los dieciocho años hacia la disciplina espartana de la academia militar, mientras que ella se había quedado para ser moldeada a imagen y semejanza de la vanidad paterna.
Me quité el guante blanco de la mano derecha con un movimiento sobrio.
Lo deposité sobre la mesa.
Me acerqué al asiento de Valeria, ignorando a Gonzalo y a Méndez-Salazar como si fueran motas de polvo en el paisaje.
Me incliné sobre ella.
Valeria levantó los ojos con pánico infantil, esperando el golpe verbal definitivo, la humillación pública que ella y mi padre tantas veces me habían infligido en los aniversarios familiares.
En lugar de eso, estiré mi mano descubierta y le aparté con infinita suavidad un mechón de pelo ensopado de lágrimas que se le había pegado a la comisura del labio.
Mi piel áspera, marcada por años de empuñar mandos de vuelo y manejar mapas de campaña en climas extremos, rozó la piel de terciopelo de su mejilla.
Valeria tembló de la cabeza a los pies.
—Vas a tener que responder ante la justicia por lo que firmaste, Valeria —le susurré al oído, con una ternura rota que me desgarró las cuerdas vocales—. El honor del uniforme que llevo no me permite mentir ni ocultar tu firma en ese juzgado.
Ella cerró los ojos, apretando los dientes, esperando la sentencia.
—Pero no vas a estar sola en ese banquillo —añadí, bajando aún más la voz para que solo ella la escuchara en su corazón—. Mi abogado personal asumirá tu defensa civil para demostrar que fuiste manipulada por este clan de carroñeros.
Los ojos de mi hermana se abrieron de golpe, desmesurados, llenos de una incredulidad que la ahogaba.
—¿Por… por qué haces esto por mí, Isa? —sollozó con la voz de la niña pequeña que se caía de la bicicleta en el patio de nuestra infancia—. Después de todo lo que te dije… después de cómo te traté…
Apreté su hombro con suavidad, sintiendo los huesos frágiles bajo la seda carísima de su vestido.
—Porque a diferencia de papá, yo sí sé lo que significa no abandonar a un soldado caído en el campo de batalla, aunque ese soldado haya apuntado su fusil contra su propia tropa.
Valeria rompió a llorar de forma desconsolada, dejando caer su cabeza sobre mi antebrazo engalanado, manchando el paño azul de mi uniforme con sus lágrimas y su arrepentimiento tardío.
No la aparté.
Permanecí de pie a su lado, firme como una torre de vigilancia en mitad de un bombardeo nocturno, cobijando a la hermana que me había traicionado mientras los cimientos de la familia se derrumbaban a nuestro alrededor.
Mi padre contemplaba la escena con la respiración entrecortada, llevándose la mano izquierda al pecho, justo encima del bolsillo de su chaleco de frac.
El color de su rostro se había tornado de un gris plomizo aterrador.
—Isabel… —murmuró el anciano, con un hilillo de voz despojado ya de toda soberbia, buscando con sus ojos miopes el apoyo que el salón entero le negaba—. Isabel… mírame… soy tu padre… no puedes hacernos esto… el qué dirán… la prensa… el nombre de los Montero…
Giré la cabeza y lo miré por última vez.
No había odio en mis ojos.
Solo había una distancia sideral, insalvable, como la que separa la estratosfera de la fosa marina más profunda.
—El nombre de los Montero murió hoy en este salón, Fernando —le dije con una solemnidad gélida que selló su destino—. Y no lo mataron mis cazas ni mis uniformes. Lo mató tu propia codicia.
Di dos pasos hacia atrás, cuadrándome de nuevo en el centro de la alfombra.
Me volví hacia el coronel Cabrera.
—Proceda con las detenciones, coronel —ordené en voz alta, devolviendo el tono a su registro de mando implacable—. Ponga a los señores Gonzalo de la Vega y Méndez-Salazar a disposición inmediata de la comisión judicial de la Policía Militar. Y requiera a los servicios médicos de urgencia para que atiendan al señor Fernando Montero antes de su traslado preventivo.
—A la orden de usted, mi general —respondió Cabrera con un trueno marcial en la garganta.
El salón estalló en un caos contenido y milimétricamente coreografiado.
Los suboficiales de la Policía Militar avanzaron por los pasillos con paso firme y sincronizado.
En menos de sesenta segundos, los grilletes metálicos brillaron en el aire antes de cerrarse con un chasquido seco sobre las muñecas de Gonzalo de la Vega, que vociferaba insultos y amenazas legales que nadie escuchaba.