Ella no contestó con palabras.
Solo me miró con una mezcla insoportable de súplica infantil, remordimiento culpable y cobardía moral.
Y en ese silencio denso, cargado del aroma a flores marchitas y laca para el pelo, encontré la respuesta más demoledora de todas.
No la habían engañado por completo.
Ella sabía que estaba robando algo mío.
Quizá no entendía la magnitud militar del delito de espionaje, pero sabía que con ese papel me arrebataba algo fundamental para entregárselo a los hombres que le prometían un futuro de marquesa consorte y palacetes en el centro de Sevilla.
Aceptó sacrificarme a mí para no perder la aprobación de nuestro padre.
Un vacío inmenso, negro y definitivo se asentó en mi pecho, ocupando el lugar donde durante décadas había latido la necesidad infantil de ser aceptada por mi familia.
Ya no había nada que rescatar.
El lazo invisible que me unía a esa sangre se había roto para siempre en ese tramo de escaleras de nogal.
—Que disfrutes de tu banquete de bodas, Valeria —dije con una serenidad sepulcral que hizo que mi hermana se encogiera como si le hubiera cruzado la cara con una vara de fresno.
Giré sobre mis talones y comencé a bajar los escalones despacio, con la elegancia marcial de quien ya no tiene nada que temer porque ya no le queda nada que perder.
—¡Isabel, espera! —suplicó ella desde arriba, en un lamento ahogado que se perdió en el rumor creciente de la música que comenzaba a sonar en el jardín—. ¡Por favor… háblalo con papá! ¡No hagas una locura!
No me volví.
No me detuve ni medio segundo.
Crucé el pasillo de servicio y salí de nuevo al patio de los naranjos.
La lluvia caía ahora con más fuerza, tamborileando sobre las baldosas de barro cocido y levantando ese olor penetrante a tierra mojada que siempre me recordaba a las madrugadas en el aeródromo de San Javier.
Antonio Cabrera me esperaba junto a la columna de caliza, con la gorra de plato bajo el brazo y el rostro petrificado en una máscara de alerta máxima.
A su lado, dos tenientes coroneles del Estado Mayor aguardaban en silencio, con las gabardinas militares empapadas en los hombros.
—¿Y bien, mi general? —preguntó Cabrera cuando llegué a su altura.
Me detuve frente a él.
El aire frío me despejó los pulmones, barriendo los últimos vestigios de duda, de pena y de nostalgia familiar.
Solo quedaba el deber.
Ese viejo, implacable y solitario deber que me había acompañado durante treinta y cuatro años mientras el resto del mundo dormía tranquilo bajo la protección de mis aviones.
Alcé la mano derecha y ajusté la posición de mi corbata negra reglamentaria con un gesto sobrio y definitivo.
—Llame al puesto de mando avanzado, coronel —ordené.
Mi voz sonó limpia, cortante y letal como el titanio de una turbina de combate.
—Dígale a la Policía Militar y a los agentes de la Unidad Central que inicien el despliegue perimetral inmediato. Que bloqueen todos los accesos por carretera a la hacienda y cierren el espacio aéreo del sector sur para helicópteros privados.
Cabrera apretó los labios y sus ojos se iluminaron con una chispa oscura de determinación.
—¿Y la intervención en el salón principal, mi general? ¿Cuándo entramos?
Miré a través de las arcadas hacia los ventanales iluminados de la fiesta.
Allí dentro, mi padre levantaba una copa de cristal tallado, rodeado de sonrisas hipócritas, aplausos complacientes y copas de champán que costaban más que la pensión de viudedad de las mujeres de mis soldados caídos.
Gonzalo le daba una palmada en la espalda a Méndez-Salazar, celebrando por adelantado el botín que jamás llegarían a disfrutar.
—Esperaremos al corte de la tarta y al brindis presidencial de mi padre —sentencié con una calma aterradora, sintiendo el frío reconfortante de la lluvia en mis mejillas—. Que disfruten del banquete que tanto les ha costado organizar.
Hice una pausa breve y clavé mis ojos en el coronel.
—Porque en cuanto mi padre termine de dar su discurso sobre el honor y la familia Montero… seré yo quien pronuncie las últimas palabras de este matrimonio.
Cabrera se llevó la mano a la sien en un saludo marcial impecable que hizo chasquear los guantes mojados en el aire.
—A la orden de usted, mi general.
Los oficiales se dispersaron en la penumbra bajo el aguacero para ocupar sus puestos en el tablero invisible.
Me quedé sola bajo el naranjo, con las gotas de agua resbalando sobre las dos estrellas doradas de mi pecho, esperando en silencio a que el reloj de la torre marcara la hora exacta del principio del fin.
PART 3:
El repique de la fina cubertería de plata contra una copa de cristal de Bohemia cortó el murmullo denso del banquete nupcial.
Tin. Tin. Tin.