—¿Firmó ella misma las escrituras de adquisición? —pregunté, abriendo los ojos.

El cielo se oscurecía por momentos; una ráfaga de viento húmedo agitó las hojas oscuras del naranjo.

—Ella misma, ante un notario de Sevilla hace tres meses. El día veintidós de noviembre.

El veintidós de noviembre.

Hice memoria rápidamente.

Aquel día yo estaba comandando el repliegue táctico del destacamento español en una base aérea en Polonia tras un incidente con cazas no identificados en la frontera.

Casi no había dormido en setenta y dos horas.

Recuerdo que Valeria me llamó tres veces por una línea satelital que solo debía usarse para emergencias familiares de extrema gravedad.

Cuando logré devolverle la llamada desde un búnker helado, me dijo entre risas que se le había olvidado felicitarme por el aniversario de mi ascenso a general de división.

«Solo quería escuchar tu voz, hermanita mayor, para asegurarme de que estabas bien», me había dicho.

Y mientras yo escuchaba su voz con lágrimas en los ojos, agradeciendo en el silencio de un puesto de combate el cariño de mi hermana, ella estaba saliendo de una notaría de Sevilla con los poderes notariales para comprar las parcelas que me iban a costar la carrera y el honor.

—Utilizaron los números de referencia catastral que estaban en el expediente Alfa-9 —continuó Cabrera, con una voz monótona que pretendía amortiguar el golpe—. Esos números solo estaban en el anexo tres. El anexo clasificado como Confidencial-OTAN que usted guardaba en la caja fuerte de su domicilio de Madrid.

—Mi caja fuerte —murmuré, sintiendo un escalofrío mortal en los dedos.

La combinación.

La fecha del fallecimiento de nuestra madre.

La única fecha que Valeria y yo compartíamos como un santuario intocable en una casa donde la ternura había sido erradicada a golpes de autoritarismo.

Ella lo sabía.

Sabía exactamente dónde guardaba mis copias de trabajo y sabía qué seis cifras abrían el dial de acero de mi dormitorio.

—¿El dinero, Antonio? ¿De dónde salieron los tres millones iniciales para la opción de compra?

Cabrera deslizó el dedo por la pantalla del dispositivo táctico.

—Una transferencia opaca desde una cuenta fiduciaria en Panamá, vinculada a una empresa de suministros aeronáuticos a la que usted denegó la homologación técnica el año pasado.

Un jadeo silencioso escapó de mis labios.

El entramado no solo era una estafa inmobiliaria de proporciones astronómicas aprovechando información privilegiada de Defensa.

Era una trampa de doble fondo.

Si la operación salía adelante y el Ministerio expropiaba los terrenos a precio de oro, Gonzalo, mi padre y Méndez-Salazar se embolsaban una plusvalía de decenas de millones de euros limpios de polvo y paja.

Pero si la inteligencia militar o la Fiscalía Anticorrupción detectaban la filtración de las coordenadas confidenciales…

El rastro de migajas de pan no conducía a Gonzalo.

Tampoco conducía a mi padre, que no figuraba en ningún papel oficial.

Conducía directamente a la hermana de la administradora única: la general de división Isabel Montero, la única persona con acceso legítimo al anexo Alfa-9 y la única con motivos para vengarse de la empresa aeronáutica que había financiado la compraventa.

Estaba diseñada para destruirme.

Si ganaban, ellos se hacían inmensamente ricos a mi costa.

Si perdían, yo era el chivo expiatorio perfecto para que ellos alegaran que habían actuado de buena fe engañados por mi información.

—Me han utilizado de escudo antimisiles —dije, y mi propia voz me sonó extraña, despojada de cualquier emoción humana, convertida en el análisis frío de un general en una mesa de guerra.

—La han utilizado de escudo y de fusible, mi general —confirmó Cabrera, guardando el receptor en el bolsillo—. Méndez-Salazar sabía que la División de Asuntos Internos estaba cerrando el cerco sobre sus viejas contratas. Necesitaba un pez más gordo para negociar una salida limpia si las cosas se torcían.

—Y qué mejor pez que la mujer que ascendió saltándose su escalafón y ocupando el puesto que él quería para su protegido —completé la frase.

Méndez-Salazar había movido Roma con Santiago cinco años atrás para que yo no recibiera la segunda estrella.

Había presionado al Consejo de Ministros, había publicado artículos anónimos en prensa cuestionando la operatividad de las mujeres en la alta dirección del Ejército del Aire, y había perdido la partida frente a mi hoja de servicios impecable.

Su odio hacia mí no era solo codicia empresarial.

Era resentimiento puro, rancio y herido.

Y mi propia familia le había abierto la puerta de par en par.

—¿Qué hacemos, señora? —preguntó Cabrera.

Por primera vez en quince años a mi lado, noté una sombra de duda en los ojos del veterano coronel.

—Los efectivos de la Policía Militar y los agentes de la Unidad Operativa están esperando la señal fuera de la cancela de la finca. Tienen las órdenes de detención preventiva emitidas por el Juzgado Togado Militar Central número dos.