—Soy un general de división en activo de las Fuerzas Armadas españolas en un recinto con más de cincuenta oficiales bajo mi mando directo —interrumpí, clavándole una mirada que no admitía réplica—. Ningún mercenario a sueldo de una constructora se va a atrever a ponerme una mano encima sin arriesgarse a una corte marcial sumarísima.
Cabrera bajó la vista un segundo y asintió con una reverencia casi imperceptible.
—La cubro desde el rellano inferior con dos capitanes de transmisiones vestidos de gala. Nadie subirá a esa planta sin que yo lo autorice.
—Cinco minutos, Antonio. Solo necesito cinco minutos para verificar si la firma de mi hermana en el anexo de seguridad es auténtica o si la falsificaron ellos para tenerla atada.
En lo más profundo de mi pecho, un rescoldo agonizante de esperanza infantil se negaba a extinguirse.
Necesitaba ver ese trazo con mis propios ojos.
Necesitaba comprobar si los bucles de la letra de Valeria, esa caligrafía redondeada que aprendimos juntas en el colegio de las Irlandesas, habían estampado voluntariamente mi condena sobre el membrete oficial del Estado Mayor.
Si la habían engañado… si Gonzalo la había manipulado haciéndola firmar un poder general sin que ella supiera el contenido real de los anexos clasificados…
Aún podía salvarla de la cárcel.
Podía destrozar a Gonzalo y a Méndez-Salazar sin arrastrar a mi hermana pequeña a una celda de la prisión militar de Alcalá Meco.
Pero si la firma era consciente…
Si había un solo indicio de que Valeria sabía exactamente lo que contenían esas páginas robadas de mi casa…
No habría piedad sobre la tierra que pudiera detener lo que venía después.
—Tiene cinco minutos, mi general —dijo Cabrera, llevándose discretamente el auricular a la oreja para dar las instrucciones de cerco silencioso.
Caminé con paso firme hacia la galería trasera del patio.
Mis botas de media caña apenas producían un susurro sobre las alfombras persas que cubrían el pasillo interior de servicio.
Evité las miradas de dos camareros que salían de las cocinas cargando bandejas humeantes de doradas a la sal.
Al doblar el recodo hacia la escalera señorial de caoba, una figura delgada y enjoyada emergió de la penumbra del fondo.
Era Valeria.
Llevaba una copa de champán vacía en la mano y la falda del vestido recogida con el brazo izquierdo para no arrastrarla por el suelo.
Al verme, se detuvo en seco.
La sonrisa ensayada que dedicaba a los invitados se borró de su rostro como una máscara que cae al suelo, dejando al descubierto una mueca de puro agotamiento y hostilidad.
—¿Adónde crees que vas, Isabel? —preguntó, cerrándome el paso con una brusquedad que contrastaba salvajemente con su imagen angelical de novia perfecta.
Su perfume a jazmín y sándalo, pesado y carísimo, me golpeó en la cara.
Me detuve a dos escalones de distancia, mirándola desde arriba.
A pesar de su maquillaje profesional, las sombras violáceas bajo sus párpados revelaban noches enteras de insomnio.
Y en el rabillo de su ojo izquierdo, una microexpresión de pánico puro duró menos de una décima de segundo antes de ser sustituida por su habitual desdén arrogante.
—Buscaba un lugar tranquilo para refrescarme —respondí con una lentitud calculada, sin apartar los ojos de sus manos.
La mano que sostenía la copa temblaba de forma imperceptible, haciendo que el fino tallo de cristal vibrara contra su anillo de compromiso.
—Los baños para los invitados están en la planta baja, junto al guardarropa —dijo ella, alzando la barbilla con un tono altivo que imitaba a la perfección el de nuestro padre—. Arriba están las habitaciones privadas de la familia de Gonzalo. No tienes nada que hacer allí.
—¿Familia de Gonzalo? —repetí con ironía suave—. Creí que esta hacienda pertenecía a una sociedad inmobiliaria andaluza.
Valeria tragó saliva.
Un músculo en su mandíbula perfecta se tensó con violencia.
—Es lo mismo. Es patrimonio de mi futuro marido. Y por extensión, mío. Algo que tú jamás llegarás a entender con tu sueldito miserable de funcionaria del Estado.
Sentí una punzada de lástima gélida en el pecho.
Allí estaba.
La hermana pequeña a la que tantas veces consolé tras las broncas paternas, escupiéndome el mismo veneno clasista con el que la habían amamantado para compensar su propia vacuidad existencial.
—Tu sueldo de funcionaria —dije con una calma letal— te ha pagado la carrera de Derecho que nunca terminaste, Valeria. Y el todoterreno con el que te estrellaste en Marbella hace cuatro años y que papá se negó a liquidar para que no mancharas el apellido.
El rostro de Valeria perdió el poco color que le quedaba bajo la base de maquillaje.
—No te atrevas a hablar de eso aquí —siseó, bajando la voz y dando un paso amenazante hacia el escalón superior—. Te crees muy superior con tus medallitas y tus soldaditos firmes en el salón, ¿verdad? Te encanta humillarnos. Te encanta hacerle ver a papá que tú puedes más que él.