A la mañana siguiente, el equipo independiente se reunió con los responsables de tecnología y auditoría. La primera revisión reveló que el documento no era una aprobación oficial. Era una hoja de seguimiento creada por Recursos Humanos y almacenada en una carpeta compartida. Las iniciales aparecían en una columna sin firma digital. —Eso significa que cualquiera con permisos de edición pudo haberlas añadido —explicó la especialista en auditoría. Alejandro asintió. —¿Podemos identificar quién creó la fila? —Estamos recuperando las versiones anteriores y los registros de edición. Todavía no tenemos una respuesta definitiva. Clara mostró otra pantalla. —También encontramos una diferencia entre el número de quejas registrado en el sistema principal y el número que aparece en los informes enviados a la dirección ejecutiva. —¿De cuántas estamos hablando? —preguntó Martín. —El sistema principal registra diecisiete casos en la región durante el periodo revisado.

Los informes ejecutivos mencionan once. Alejandro se inclinó hacia delante. —¿Seis casos no llegaron a la dirección? —Eso parece. Pero algunos podrían haber sido duplicados o clasificados bajo otras categorías. Necesitamos revisar cada uno. —Háganlo. La reunión continuó durante casi dos horas. Encontraron correos, cambios de clasificación y varias versiones de los mismos documentos. En algunos casos, los registros mostraban que una queja había sido abierta y cerrada el mismo día. En otros, faltaban las notas de las entrevistas. Nada demostraba por sí solo que existiera una conspiración organizada. Pero el patrón exigía respuestas. Al final de la sesión, Clara recibió una llamada y pidió permiso para contestar. Escuchó en silencio durante unos segundos. Después miró a Alejandro. —Es Gabriela Torres. Quiere añadir información a su declaración. Alejandro indicó que la conectara.

La voz de Gabriela sonó nerviosa a través del altavoz. —Señor Mendoza, anoche encontré un correo que no había entregado porque pensé que no era importante. —¿De qué se trata? —preguntó Alejandro. —Es una conversación entre Daniel y Ricardo. Ocurrió después de que presenté mi queja. —¿Qué dice? Gabriela respiró profundamente. —Daniel le pregunta a Ricardo si el problema está resuelto. Ricardo responde que usted no necesita conocer cada discusión entre empleados y que los resultados de la división son lo único que importa. Alejandro intercambió una mirada con Clara. —¿Y Daniel qué responde? —Le dice que el expediente debe cerrarse antes de la revisión trimestral. Martín tomó una nota. —¿Tienes el correo completo, con los encabezados originales? —Sí. Lo encontré en una copia de seguridad de mi cuenta personal.

Puedo entregarlo a los investigadores. —No lo modifiques ni lo reenvíes de forma que se pierdan los datos originales —indicó Martín—. Nuestro equipo te explicará cómo preservar una copia íntegra. —De acuerdo. Antes de colgar, Gabriela añadió algo más. —Hay una frase que me preocupa. Daniel escribió: «Si el presidente pregunta, el asunto ya está cubierto». Alejandro sintió un peso en el pecho. —Gracias por informarnos, Gabriela. Vamos a comprobar la autenticidad del mensaje y su contexto. La llamada terminó. Clara lo observó. —Podría referirse a que el expediente ya había sido revisado. No sabemos si intentaba engañarlo. —Lo sé. —No podemos concluir que conociera la existencia de la fila con sus iniciales. —Tampoco lo haremos. Seguiremos las pruebas. Alejandro se levantó y se acercó a la pantalla donde aparecían los nombres de los empleados afectados.

Por primera vez, no veía únicamente casos administrativos. Veía personas que habían acudido a la empresa esperando que alguien escuchara sus problemas y que, según los documentos iniciales, podían haber recibido una respuesta incompleta o injusta. Y ahora también veía que su propia reputación podía utilizarse para dar legitimidad a decisiones que quizá nunca había aprobado.

Mientras tanto, Ricardo Salvatierra había tomado una decisión desesperada. Quería reunirse con Daniel en persona. Después de varios intentos fallidos, recibió una dirección y una hora. Se encontraron en el estacionamiento de un restaurante alejado de las oficinas centrales. Daniel llegó en su automóvil y permaneció dentro hasta que Ricardo se acercó. —Sube —ordenó. Ricardo abrió la puerta del pasajero. —¿Qué está pasando con los expedientes? Daniel mantuvo las manos sobre el volante. —La investigación se ha ampliado. Están revisando todas las quejas de la región. —¿Y mi caso? —Sigue su curso. Ricardo soltó una risa amarga. —Me dijiste que no había nada de qué preocuparse. —Nunca te dije que una agresión grabada fuera a desaparecer. —¡Pero me dijiste que todo estaba bajo control! Daniel giró hacia él. —¿Quieres que hablemos de control? Tú fuiste quien golpeó a la hija del presidente delante de una docena de testigos. Yo no te dije que hicieras eso. Ricardo se quedó mirándolo. La frase le dolió porque era cierta. Pero también sabía que Daniel había contribuido a crear un entorno donde las quejas podían desaparecer de los informes. —No intentes convertirte en la víctima —dijo Ricardo—. Tú ayudaste a cerrar aquellos expedientes. Daniel apretó la mandíbula. —Yo tomé decisiones administrativas basadas en la información que recibí. —¡Tú me dijiste que Gabriela no volvería a causar problemas! —Y tú me dijiste que no había nada más que investigar. Ricardo sacó su teléfono. —Tengo nuestros mensajes. Daniel miró la pantalla y palideció. —¿Qué estás haciendo? —Guardé todas las conversaciones. Si intentas echarme toda la culpa, entregaré cada mensaje a los investigadores. Daniel extendió la mano. —Dame el teléfono. Ricardo lo retiró. —Ni lo sueñes. Durante unos segundos, ambos hombres se miraron con hostilidad. Finalmente, Daniel se recostó en el asiento. —No entiendes lo que estás haciendo. Si entregas esos mensajes, también tendrás que explicar por qué participaste en las decisiones que ahora cuestionas. —Al menos ya no podré ser el único responsable. Daniel no contestó. Ricardo salió del automóvil y cerró la puerta con fuerza. Mientras se alejaba, envió una copia de sus conversaciones a su abogado, junto con una instrucción: conservarlas y entregarlas si la investigación lo requería. No sabía si aquello podría ayudarle. Pero había decidido que no permitiría que Daniel lo utilizara como único culpable.