miedo pensar que quizá pudo haber lastimado a otras personas y que nadie lo detuvo. Alejandro se sentó junto a ella. —No podemos cambiar lo que pasó antes. Sí podemos hacer que las pruebas se examinen correctamente ahora. Valeria apoyó la cabeza en el respaldo. —No quiero que la gente tenga miedo de denunciar porque el responsable conoce a alguien importante. —Yo tampoco. Su teléfono vibró. Era Clara. —Señor Mendoza, acaba de llegar un mensaje de Miguel Herrera. Está dispuesto a entregar los documentos que conserva, pero ha pedido hablar con usted antes de la entrevista formal. Alejandro frunció el ceño. —¿Dijo por qué? —Sí. Afirma que el problema no terminó con su despido. Dice que hay algo que nunca contó porque temía perder la posibilidad de volver a trabajar en el sector.

Alejandro miró a Valeria. —Dile que organizaremos la reunión con su abogado presente. Después de colgar, permaneció en silencio. Valeria levantó la mirada. —¿Qué ocurre? —Miguel tiene información que todavía no conocemos. —¿Sobre Ricardo? —Eso parece. Esa tarde, la reunión se celebró en una sala pequeña de las oficinas centrales. Miguel llegó acompañado de una abogada independiente. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, con las manos curtidas por años de trabajo y una expresión de cautela que no desapareció ni siquiera después de los saludos iniciales. Alejandro se levantó. —Gracias por venir. Miguel no le estrechó la mano inmediatamente. —Con todo respeto, señor Mendoza, no vine porque confíe en su empresa. Alejandro aceptó la respuesta. —Lo entiendo. —Vine porque escuché lo que le pasó a su hija.

Y porque, si alguien hubiera tomado en serio mi advertencia hace un año, quizá Ricardo habría aprendido que no podía hacer lo que quisiera. —No puedo prometerle que una decisión anterior habría evitado lo ocurrido —dijo Alejandro—. Pero puedo prometerle que examinaremos lo que nos entregue. Miguel sacó una carpeta gruesa de su mochila. —Aquí están mis informes de mantenimiento, los mensajes con Ricardo y una copia de la carta de despido. Clara recibió los documentos y comenzó a clasificarlos. Miguel señaló una página. —Esta es la orden que me dio la noche anterior a mi despido. Me pidió sacar el camión antes del amanecer. Alejandro leyó la frase marcada. «El vehículo debe salir según lo programado. Cualquier retraso se considerará incumplimiento de las instrucciones operativas». Debajo estaba la respuesta de Miguel.

«El sistema de frenos requiere revisión. No puedo autorizar la salida hasta que un técnico lo inspeccione». Y, finalmente, la contestación de Ricardo. «Si no estás dispuesto a cumplir tus funciones, tendré que encontrar a alguien que sí lo esté». Alejandro dejó el documento sobre la mesa. —¿Qué pasó con el camión? Miguel respiró profundamente. —Lo revisaron después de que yo me negué a conducirlo. Encontraron una falla que necesitaba reparación. Clara levantó la cabeza. —¿Tienes el informe técnico? —Sí. Está aquí. Entregó otra hoja. El documento registraba una anomalía en el sistema de frenos y recomendaba retirar el vehículo temporalmente de servicio. Alejandro miró a Clara. —Necesitamos confirmar la autenticidad del informe y reconstruir la cronología. —Lo haremos —respondió ella. Miguel se inclinó hacia delante. —Hay algo más. La mañana después de mi despido,

recibí una llamada de Daniel Foster. Me dijo que, si seguía hablando de la orden, podía tener dificultades para encontrar trabajo en empresas que colaboraban con Mendoza Global. Alejandro sintió que la reunión acababa de entrar en un terreno más delicado. —¿Conservas algún registro de esa llamada? —No la grabé. Pero después envié un correo a mi esposa explicándole lo que había ocurrido. También tengo un mensaje posterior de Daniel en el que me recomienda «dejar atrás el asunto por el bien de mi futuro profesional». Martín pidió ver el mensaje. Miguel lo entregó. Clara comenzó a revisar la fecha y los datos técnicos. Entonces su teléfono vibró. Miró la pantalla y frunció el ceño. —Señor Mendoza, tenemos un problema. Alejandro se volvió hacia ella. —¿Qué pasó? —Daniel acaba de presentar una declaración escrita en la que niega haber presionado a Miguel o haber intervenido para cerrar las quejas de Ricardo. Clara levantó el mensaje que acababa de recibir. —Y afirma que las decisiones operativas y laborales fueron tomadas exclusivamente por Ricardo. Miguel soltó una risa sin humor. —Por supuesto que lo niega. Alejandro observó los documentos extendidos sobre la mesa. La declaración de Daniel contradecía ahora el testimonio de Miguel y los mensajes que el antiguo conductor había conservado. Pero había algo que preocupaba todavía más a Alejandro. Si Daniel estaba dispuesto a negar su participación pese a que existían documentos que podían contradecirlo, quizá la empresa estaba a punto de descubrir hasta dónde llegaba realmente aquella red de silencio. Clara volvió a mirar su teléfono. —Hay otra actualización —dijo. —¿Cuál? —El equipo técnico acaba de confirmar que alguien