Thomas llegó a las diez de la mañana. Ya no llevaba la expresión segura con la que acostumbraba entrar en las reuniones de dirección. Su abogado se sentó a su lado, mientras Clara y Martín ocupaban los otros lugares de la mesa. Alejandro permaneció al otro extremo. —Thomas, tienes la oportunidad de explicar tu participación en los informes y en la gestión de las quejas —dijo—. No vamos a dar por probada ninguna acusación sin revisar las evidencias. Thomas se aclaró la garganta. —Nunca ordené que se falsificaran aprobaciones. Mi intención era mantener la operación funcionando y asegurar que los informes fueran útiles para la dirección. Clara deslizó una copia del documento modificado sobre la mesa. —¿Reconoces esta versión? Thomas la examinó. —Sí. La vi durante una revisión posterior. —¿Sabías que las iniciales de Alejandro se habían añadido después de la entrega del informe original? Thomas no respondió inmediatamente.

Su abogado intervino. —Mi cliente necesita revisar la cronología antes de contestar. —Por supuesto —dijo Clara. Thomas estudió las dos versiones. Finalmente, levantó la mirada. —Sabía que existían problemas con la forma en que se habían consolidado algunos expedientes. No sabía quién había introducido esas iniciales. Alejandro lo observó con atención. —¿Por qué no informaste de la discrepancia cuando la descubriste? Thomas apretó los labios. —Pensé que podía corregirse internamente. —¿Y se corrigió? —No. —¿Por qué? Thomas bajó la mirada hacia la mesa. —Porque hacerlo habría obligado a revisar toda la gestión regional. Habríamos tenido que explicar por qué los informes presentados a la dirección no coincidían con los registros originales. Alejandro sintió que algo se le endurecía en el pecho. —¿Y decidiste que era preferible dejar la discrepancia sin resolver? —No fue tan sencillo.

—Entonces explícalo. Thomas respiró profundamente. —La región estaba creciendo. Había contratos importantes en juego. Ricardo presentaba resultados excelentes y Daniel insistía en que muchos de los conflictos eran problemas de comunicación entre empleados. Yo acepté esa interpretación porque confiaba en los informes que recibía. —¿Y cuando supiste que los documentos no coincidían? Thomas guardó silencio. —Temí que una revisión completa provocara una crisis. Pensé que podríamos resolver los casos pendientes sin involucrar a toda la dirección. Alejandro apoyó las manos sobre la mesa. —Pero no resolviste los casos. Dejaste que los informes siguieran presentándose como si todo estuviera cerrado. Thomas no intentó negarlo. —Sí. Era la primera admisión clara de la mañana. Pero todavía quedaba una pregunta. —¿Quién añadió mis iniciales? —preguntó Alejandro. Thomas negó lentamente. —No lo sé. —¿Viste quién lo hizo? —No.

—¿Lo ordenaste? Thomas miró a su abogado. —No ordené que se falsificara tu aprobación. Alejandro permaneció inmóvil. No tenía delante una confesión completa, ni todas las respuestas que buscaba. Tenía la admisión de que Thomas había conocido una discrepancia importante y había decidido no elevarla, además de una negación sobre la modificación concreta. La investigación tendría que determinar qué otras pruebas podían corroborar cada parte de su declaración. —Gracias por responder —dijo Alejandro—. La junta recibirá el registro de esta reunión. Mientras se revisa tu actuación, no participarás en decisiones relacionadas con estos expedientes. Thomas asintió, visiblemente abatido. Antes de salir, se volvió hacia Alejandro. —¿De verdad vas a poner en riesgo doce años de trabajo por esto? Alejandro lo miró con tristeza. —No soy yo quien ha puesto esos años en riesgo.

La pregunta es por qué permitimos que una persona creyera que podía acudir a nosotros y terminar sin una respuesta justa. Thomas no encontró nada que decir. Cuando la puerta se cerró, Alejandro permaneció sentado. No sentía satisfacción. Había perdido parte de la confianza que había depositado en un hombre al que consideraba un amigo. Pero también sabía que el dolor de aquella decepción no podía convertirse en una excusa para abandonar la investigación.