Alejandro Mendoza llevaba toda la noche pensando en una sola frase. «Si Alejandro ve los documentos originales, sabrá que nunca autorizó esos cierres». A las siete de la mañana, llegó a las oficinas centrales acompañado de Martín Reyes, su abogado. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba los nombres de los empleados que habían presentado quejas y las iniciales que alguien había colocado junto a la suya. No iba a permitir que la investigación terminara con una simple reorganización de puestos. Quería saber quién había tomado las decisiones, quién las había ocultado y, sobre todo, por qué nadie había comprobado lo que realmente había sucedido. Clara Whitmore los esperaba en la sala de auditoría. Sobre la mesa había tres carpetas, una computadora y una memoria de almacenamiento protegida.

—Hemos recuperado la segunda parte de la grabación —explicó—. También encontramos los documentos originales que se utilizaron para preparar el informe ejecutivo. Alejandro se sentó. —Empieza por los documentos. Clara abrió la primera carpeta. El informe que había llegado al despacho de Alejandro un año y medio antes contenía once casos laborales. Todos aparecían como revisados y resueltos. Sin embargo, el sistema original registraba diecisiete. Seis habían sido excluidos del resumen ejecutivo. Entre ellos estaban la queja de Gabriela Torres, la denuncia de Miguel Herrera y otros cuatro expedientes relacionados con represalias, condiciones inseguras y decisiones disciplinarias cuestionables. —¿Quién preparó el resumen? —preguntó Alejandro. —La oficina regional de operaciones. Daniel Foster coordinó la consolidación, pero la revisión de auditoría indica que otras personas también intervinieron. Martín señaló una página. —¿Y las iniciales de Alejandro? Clara colocó dos versiones del archivo una junto a la otra.

En la primera, la columna de aprobación estaba vacía. En la segunda, aparecían las iniciales A.M. —La modificación se realizó después de que el informe fuera enviado a su despacho —dijo Clara—. No encontramos una firma digital suya ni una aprobación registrada en el sistema corporativo. Alejandro observó ambas páginas. —¿Quién añadió las iniciales? —La cuenta pertenece a un asistente administrativo. Pero los registros muestran que la modificación se realizó desde un terminal utilizado por Daniel Foster. Eso no demuestra quién estaba delante del equipo en ese momento. —¿El asistente sigue trabajando aquí? —No. Abandonó la empresa hace ocho meses. Alejandro se recostó lentamente. La investigación todavía no podía atribuir aquella modificación a una persona con certeza absoluta. Pero la ausencia de una aprobación oficial significaba que nadie podía seguir presentando sus iniciales como prueba de que él había autorizado los cierres.

—Quiero que contacten al antiguo asistente por los canales legales correspondientes —ordenó—. Que se preserve su derecho a responder y que no se le presione para confirmar una versión determinada. Clara asintió. —Hay otra cosa que debe escuchar. Abrió el archivo de audio. Primero se oyó la voz de Ricardo Salvatierra, hablando sobre la necesidad de evitar que las quejas perjudicaran los resultados de su región. Después habló Daniel. —No podemos enviar todos los expedientes al informe ejecutivo. La voz de Thomas Reed respondió: —El presidente no necesita cada detalle operativo. Para eso existen los responsables regionales. Daniel vaciló. —Pero algunos casos no están resueltos. Thomas contestó con frialdad: —Entonces asegúrate de que la documentación refleje lo que realmente se ha hecho. Se escuchó una silla arrastrándose. Después, Daniel habló de nuevo.

—¿Y si Alejandro pregunta por Gabriela? Thomas respondió: —Le diremos que el asunto está bajo control. La grabación continuó unos segundos más. Daniel preguntó: —¿Y las aprobaciones? Hubo un silencio. Entonces Thomas pronunció la frase que hizo que Alejandro levantara la cabeza. —El informe tiene que salir con la autorización ejecutiva correspondiente. No voy a dejar que una disputa regional detenga una operación que vale millones. El archivo terminó. Nadie habló durante varios segundos. Finalmente, Martín rompió el silencio. —La conversación demuestra que discutieron cómo presentar el informe, pero no identifica por sí sola quién modificó los registros ni por qué se omitieron los documentos. Necesitaremos contrastarla con los documentos y las declaraciones. Alejandro asintió. —Lo haremos. Clara cerró la computadora. —Thomas ha solicitado una reunión formal. Su abogado afirma que quiere aclarar su participación. —Concedédsela. Y que tenga acceso al material que legalmente corresponda antes de responder. Alejandro se puso de pie. —No quiero una confesión obtenida por sorpresa. Quiero respuestas que puedan sostenerse cuando alguien las examine fuera de esta empresa.