intentó acceder anoche al archivo digital de la queja de Gabriela Torres utilizando las credenciales de un administrador. Alejandro se quedó inmóvil. —¿Identificaron la cuenta? Clara asintió lentamente. —Sí. Y no pertenece a Ricardo Salvatierra. La sala quedó en silencio. En la pantalla apareció el nombre del usuario que había intentado acceder al expediente.Daniel Foster.

—Repítelo —ordenó Alejandro, sin apartar los ojos de la pantalla—. ¿Quién intentó acceder al expediente? Clara Whitmore respiró profundamente antes de responder. —La cuenta pertenece a Daniel Foster. El intento ocurrió anoche a las 11:43. El sistema registró una solicitud para abrir el expediente original de Gabriela Torres y otra para modificar los permisos de acceso. Miguel Herrera se removió en su silla. —¿Modificar los permisos? —Sí —contestó Clara—. No significa necesariamente que lograra cambiar nada. Estamos revisando los registros técnicos para determinar qué hizo exactamente. Alejandro miró a Martín Reyes, su abogado. —Quiero que preserven los registros completos, incluidas las solicitudes fallidas. Nadie debe tocar esos archivos sin autorización del equipo independiente. —Lo organizaré inmediatamente —respondió Martín. Daniel había negado cualquier participación indebida en las antiguas quejas. Sin embargo, ahora existía un registro que lo vinculaba con un intento de acceso al expediente precisamente cuando la investigación comenzaba a acercarse a él. No era una prueba automática de culpabilidad. Pero tampoco era algo que pudieran ignorar. —Miguel —dijo Alejandro—, ¿puedes quedarte unos minutos más? Necesitamos registrar formalmente los documentos que has entregado. El antiguo conductor asintió. —Me quedaré. Llevo un año esperando que alguien quiera escucharme. Aquellas palabras dejaron a Alejandro sin una respuesta inmediata. Durante demasiado tiempo, la empresa había confiado en informes resumidos, evaluaciones favorables y cifras de productividad. Si los procesos internos habían permitido que una queja importante quedara enterrada, no bastaba con culpar a una sola persona. Había que averiguar cómo había ocurrido.

A las cuatro de la tarde, Daniel Foster recibió una notificación formal para presentarse ante el equipo de cumplimiento. Llegó acompañado por un abogado y con una expresión cuidadosamente controlada. —Me han informado de que existe una sospecha sobre mi acceso al sistema —dijo al sentarse—. Quiero dejar claro que nunca he intentado destruir ni alterar documentos. Clara colocó una hoja sobre la mesa. —No hemos dicho que lo hayas hecho. Queremos que expliques por qué tu cuenta solicitó acceso al expediente de Gabriela Torres anoche. Daniel miró el registro. —Estaba revisando documentación antigua. —¿Por qué ese expediente en particular? —Porque sabía que formaba parte de la investigación. —¿Tenías autorización para acceder a él? Daniel hizo una pausa. —Mi puesto me había permitido consultar ese tipo de documentación anteriormente. Martín intervino. —La pregunta es si tenías autorización vigente para acceder a ese expediente después de que el equipo independiente asumiera la investigación. Daniel se acomodó la corbata. —No sabía que mis permisos habían cambiado. Clara abrió otro documento. —La cuenta solicitó acceso a las 11:43 de la noche. El sistema rechazó la solicitud porque los permisos ya habían sido restringidos. —Entonces no accedí al contenido. —Eso parece indicar el registro inicial. Pero necesitamos revisar también qué acciones se intentaron antes y después de esa solicitud. Daniel miró a su abogado. —No tengo nada más que añadir hasta que complete esa revisión. Clara asintió. —Estás en tu derecho. Mientras tanto, permanecerás apartado de las decisiones relacionadas con estos expedientes.

Daniel se levantó. Antes de salir, miró a Alejandro, que había permanecido en silencio durante la reunión. —Señor Mendoza, espero que recuerde que una investigación también puede perjudicar a personas inocentes. Alejandro sostuvo su mirada. —Por eso estamos reuniendo pruebas antes de llegar a conclusiones. Daniel no respondió. Pero, al cruzar la puerta, sacó su teléfono y escribió un mensaje.Necesito hablar contigo. Es urgente. El destinatario era Ricardo Salvatierra. Ricardo estaba en su casa cuando recibió el mensaje. Desde que el video de la heladería se había difundido, había dejado de salir salvo para reunirse con su abogado. Su esposa apenas le dirigía la palabra y varios conocidos habían dejado de contestar sus llamadas. La empresa también había confirmado que su suspensión continuaría mientras avanzaban las investigaciones. Cuando vio el nombre de Daniel en la pantalla,

sintió una mezcla de alivio y rabia. Llamó inmediatamente. Daniel contestó al segundo tono. —No podemos hablar por teléfono —dijo en voz baja. —¿Qué está pasando? —Han encontrado registros de acceso a los expedientes. Ricardo se levantó de golpe. —¿Qué registros? —Mi cuenta intentó abrir el archivo de Gabriela. —¿Intentó? ¿Por qué hiciste eso? —Quería comprobar qué documentos estaban incluidos. No pensé que el sistema ya hubiera restringido los permisos. Ricardo se pasó ambas manos por el cabello. —¡Te dije que no tocaras nada! —No me des órdenes, Ricardo. Estoy intentando resolver una situación que también me afecta. —¿Resolverla? ¡Ahora tienen un registro con tu nombre! Daniel guardó silencio. Ricardo comenzó a caminar por la sala. —¿Encontraron el correo? —¿Qué correo? —El que intercambiamos después de la queja de Gabriela.

—No sé a cuál te refieres. —¡No juegues conmigo! El correo en el que dijiste que había que mantenerla fuera del equipo para evitar más problemas. Daniel bajó la voz todavía más. —No escribas nada sobre eso. No envíes mensajes. No intentes acceder a ningún sistema. —¿Por qué? ¿Qué más hay en esos archivos? Daniel tardó en responder. —No lo sé. —¡Mentira! —Ricardo, escúchame. Si siguen revisando los expedientes, no puedo garantizarte nada. La llamada terminó abruptamente. Ricardo se quedó mirando el teléfono. Entonces comprendió que el hombre que había ayudado a mantener sus quejas fuera de los informes ya estaba pensando en salvarse. Y, si Daniel decidía contar su versión primero, Ricardo podía convertirse en el único responsable de todo.