Ricardo no durmió aquella noche. Permaneció sentado en el borde de la cama mientras Daniela dormía en la habitación de invitados, con la puerta cerrada entre ambos. La fotografía del antiguo conductor seguía sobre la mesa del comedor. Se llamaba Miguel Herrera. Había trabajado durante nueve años para Mendoza Global Logistics. Era un hombre tranquilo, padre de dos hijos, conocido por revisar dos veces las rutas antes de sacar un camión del almacén. Ricardo recordaba perfectamente el día en que Miguel se había negado a cumplir una orden. La operación debía completarse antes de las seis de la mañana. Un cliente importante esperaba una entrega urgente y el retraso habría afectado los indicadores de toda la región. Ricardo había ordenado que un camión saliera pese a que el conductor había informado de un problema mecánico que requería una revisión. Miguel se había negado. —No voy a sacar ese vehículo hasta que lo revisen —le había dicho.

Ricardo había sentido que lo desafiaba delante de los demás empleados. —¿Ahora decides tú cómo se hacen las cosas? —Decido no poner en peligro a nadie por cumplir una hora de entrega. —Te estoy dando una instrucción. —Y yo le estoy diciendo que el camión no está en condiciones. La discusión había terminado con una amenaza. Dos semanas después, Miguel fue despedido por supuestos incumplimientos de procedimiento. Ricardo había firmado la recomendación. Daniel Foster había aprobado la revisión administrativa. En aquel momento, Ricardo había considerado el asunto cerrado. Ahora, al recordar la conversación, sintió por primera vez algo distinto del enojo. Miedo. A las siete de la mañana, su teléfono sonó. Era Daniel. Ricardo contestó inmediatamente. —¡Por fin! ¿Qué demonios está pasando? —Baja la voz —respondió Daniel—. No voy a discutir esto por teléfono.

—Mi esposa tiene una copia del correo. El video está circulando. Alejandro está revisando las quejas. ¿Me dijiste que todo estaba controlado? Daniel guardó silencio durante unos segundos. —Las circunstancias han cambiado. —¡Claro que han cambiado! ¡Le pateé a su hija delante de veinte personas! —No necesitas repetírmelo. —¡Tú dijiste que las quejas no llegarían a ninguna parte! Daniel exhaló con fuerza. —Yo dije que los expedientes estaban cerrados. No te prometí que jamás volverían a revisarse. Ricardo se levantó. —No intentes lavarte las manos ahora. —Escúchame. No contactes a Gabriela. No hables con Miguel. No escribas a ningún empleado. Si existe una investigación, cualquier intento de influir en los testigos puede empeorar tu situación. —¿Y qué vas a hacer tú? —Voy a cooperar con el proceso. Ricardo soltó una carcajada amarga.

—¿Cooperar? ¿Después de ayudarme a cerrar los expedientes? —No admitas cosas que no comprendes. —¿Me estás amenazando? —Te estoy advirtiendo. La llamada terminó. Ricardo permaneció con el teléfono junto al oído durante varios segundos. Después lo lanzó sobre el sofá. A las nueve de la mañana, Alejandro recibió una llamada del equipo de cumplimiento. —Encontramos a Miguel Herrera —informó Clara—. Vive en Riverside y trabaja actualmente para una empresa de transporte más pequeña. —¿Aceptó hablar con nosotros? —Sí. Pero quiere que la reunión se realice en presencia de su abogado. —Es razonable. Organícenla. Alejandro hizo una pausa. —¿Hay alguna evidencia de que el camión estuviera realmente en malas condiciones? —Estamos revisando los registros de mantenimiento. De momento, encontramos un informe presentado por Miguel la noche anterior a su despido. El documento señala un problema con el sistema de frenos.

Alejandro cerró los ojos un instante. —¿Y qué ocurrió con ese informe? —La copia que tenemos no incluye una resolución técnica. Solo una nota de Ricardo indicando que el vehículo podía continuar operando. —¿Quién autorizó esa nota? —Ricardo. Alejandro se levantó de su escritorio. —¿El vehículo salió? —Sí. Pero todavía no hemos confirmado si se produjo algún incidente durante la ruta. —Entonces no especulemos. Quiero el registro completo, los documentos de mantenimiento y cualquier comunicación relacionada con aquella decisión. Colgó. No se trataba únicamente de castigar a Ricardo por la agresión a Valeria. Si había utilizado su autoridad para obligar a un conductor a operar un vehículo inseguro y después había participado en su despido, la empresa tenía la obligación de examinarlo con seriedad. Sin embargo, Alejandro sabía que debía separar las cuestiones. La investigación de la agresión seguiría su propio curso. Los expedientes laborales serían revisados por un equipo independiente. Cualquier posible infracción relacionada con la seguridad del transporte tendría que ser examinada con pruebas técnicas. No quería que la indignación sustituyera a los hechos. A media mañana, Valeria recibió el alta médica con instrucciones de reposo y seguimiento. El médico confirmó que no había señales de lesiones internas graves, aunque las contusiones y el dolor necesitarían tiempo para mejorar. Alejandro la llevó a casa y la ayudó a acomodarse en el sofá. —No tienes que ir a la oficina —dijo ella. —No pensaba hacerlo contigo aquí. Valeria lo miró con escepticismo. —Papá, tienes una empresa. —Y tú tienes una pierna lesionada y un abdomen lleno de moretones. Hoy mi prioridad está bastante clara. Ella sonrió débilmente. —No voy a morir por descansar sola unas horas. —No es una negociación. Valeria soltó una pequeña risa, que terminó en una mueca de dolor. Alejandro se inclinó inmediatamente. —¿Qué pasó? —Nada. Solo me reí demasiado. Él le acercó una almohada. Durante unos minutos, la casa recuperó una tranquilidad que parecía imposible desde la agresión. Entonces Valeria preguntó: —¿Qué descubriste sobre Ricardo? Alejandro le explicó lo de Gabriela y la investigación de los antiguos expedientes. También le contó que estaban intentando localizar a un conductor despedido. Valeria escuchó sin interrumpir. —¿Crees que Ricardo hizo otras cosas como esta? —No lo sé. Tenemos que comprobarlo. —Pero si alguien ya había denunciado su comportamiento… —Entonces tenemos que averiguar qué ocurrió con esas denuncias. Valeria miró sus manos. —Me da