Esa misma noche, Alejandro regresó a casa después de visitar a Valeria. Su hija descansaba en el sofá con la pierna elevada. Los hematomas seguían visibles, aunque el dolor había disminuido un poco. —¿Cómo fue la reunión? —preguntó ella. Alejandro dejó su chaqueta sobre una silla. —Encontramos más documentos. También descubrimos que alguien intentó acceder a un expediente que está siendo investigado. Valeria lo miró con preocupación. —¿Daniel? Alejandro asintió. —La cuenta utilizada estaba registrada a su nombre. Todavía debemos confirmar exactamente qué intentó hacer. —¿Crees que estaba tratando de borrar algo? —No voy a asumirlo sin pruebas. Valeria bajó la mirada. —Siempre dices eso. —Porque es importante. Ella guardó silencio unos segundos. —Papá, cuando ese hombre me golpeó, lo primero que hizo después fue preocuparse por quién era yo.
No preguntó si estaba herida. No intentó ayudarme. Solo tuvo miedo cuando te vio entrar. Alejandro se sentó a su lado. —Lo sé. —¿Y si no hubieras sido tú? ¿Y si mi padre fuera alguien sin dinero, sin abogados, sin poder? Él no encontró una respuesta sencilla. Valeria continuó: —¿Habrían investigado igual? ¿Habrían encontrado los expedientes de Gabriela? ¿Alguien habría escuchado a Miguel? Alejandro miró hacia la ventana. No podía prometer que todo habría sido igual. Tampoco quería fingir que las personas siempre recibían el mismo trato, independientemente de su posición. —No lo sé —admitió—. Pero ahora que conocemos el problema, tenemos la responsabilidad de investigarlo sin importar quién esté involucrado. Valeria apoyó la cabeza contra el respaldo. —No quiero que me conviertas en el motivo de una guerra dentro de tu empresa.
Alejandro tomó su mano. —Esto empezó con lo que te hicieron, pero no puede terminar siendo solamente sobre ti. Si encontramos pruebas de que otras personas fueron perjudicadas, también debemos escucharlas. Ella asintió lentamente. En ese momento, el teléfono de Alejandro vibró. Era un mensaje de Clara.Hemos recuperado una copia de un archivo adjunto a un correo antiguo de Daniel. No estaba incluido en el expediente de Gabriela. El documento contiene una lista de empleados cuyas quejas fueron clasificadas como conflictos interpersonales. Alejandro abrió el archivo. Había siete nombres. Gabriela Torres. Miguel Herrera. Y cinco personas más. Al lado de cada nombre aparecían una fecha, una referencia interna y una breve descripción del asunto. Alejandro sintió que el estómago se le encogía. Pero lo que más le llamó la atención fue la última columna.
«Aprobación ejecutiva». Junto a seis nombres aparecían las iniciales de Daniel Foster. Junto al séptimo había otras dos letras.A.M. Alejandro dejó de respirar por un instante. Eran sus propias iniciales. Valeria notó inmediatamente el cambio en su rostro. —¿Qué pasa? Él no respondió. Volvió a mirar la pantalla, intentando recordar aquella aprobación. No recordaba haber autorizado el cierre de ninguna queja de ese tipo. Sin embargo, el documento sugería que alguien había registrado su aprobación. Y si el registro era auténtico, la investigación acababa de alcanzar un lugar mucho más cercano de lo que Alejandro había imaginado. Su propio despacho.
Alejandro leyó el documento tres veces antes de llamar a Clara. No quería que Valeria notara su inquietud, así que se levantó y caminó hasta el despacho de su casa.
—Necesito que me expliques una cosa —dijo en cuanto Clara contestó—. En la lista de expedientes aparece una aprobación con mis iniciales. —Lo sé. También lo he visto. —¿De dónde salió ese registro? —De un archivo adjunto a un correo enviado hace aproximadamente un año y medio. El documento parece ser una hoja de seguimiento de Recursos Humanos. Alejandro apretó el teléfono. —¿Mi firma aparece en algún sitio? —No. Solo las iniciales A.M. y una fecha. Todavía no sabemos quién añadió esa información. —Entonces no podemos afirmar que yo aprobé nada. —Correcto. Por eso estamos verificando el origen del archivo y comparándolo con los registros de aprobación oficiales. Alejandro cerró los ojos. —Quiero que investiguen también mi participación. Si alguien utilizó mi nombre o mis iniciales, necesito saberlo. Clara guardó silencio unos segundos. —¿Está seguro, señor? Podría convertirse en un asunto muy delicado para la junta directiva. —Precisamente por eso. No voy a pedir que se excluya mi nombre de la investigación solo porque soy el presidente. —Entendido. —Y Clara, una cosa más. No quiero que nadie modifique ese archivo ni intente obtener una versión más conveniente. Preserven el original. —Ya está protegido. Cuando terminó la llamada, Alejandro permaneció de pie frente a la ventana. Durante años había construido su empresa sobre una idea sencilla: contratar personas competentes, establecer procedimientos y confiar en que los responsables actuarían de buena fe. Pero confiar no significaba comprobar. Y, quizá, había dejado demasiadas decisiones en manos de personas que conocían perfectamente cómo presentar un informe para que pareciera que todo funcionaba.