A las diez y media, Gabriela Torres llegó a las oficinas centrales. Tenía treinta y dos años y llevaba una carpeta de cartón apretada contra el pecho. Antes de entrar en la sala de reuniones, se detuvo frente a la puerta y respiró profundamente. Clara salió a recibirla. —Gracias por venir, Gabriela. Puedes sentarte donde te sientas más cómoda. —¿Está el señor Mendoza? —Sí. Y Martín estará presente como asesor legal. Gabriela entró. Alejandro se levantó para saludarla. —Gracias por ayudarnos a esclarecer lo ocurrido. Ella parecía sorprendida de que el presidente de la compañía se dirigiera a ella personalmente. —No sé si puedo ayudar mucho, señor. Ya entregué mi queja hace un año y nadie hizo nada. —Lo sé. Y no voy a pedirte que confíes en nosotros solo porque te lo diga.

Quiero que nos muestres lo que conservaste y que investiguemos cada punto. Gabriela se sentó y abrió la carpeta. Sacó copias de correos electrónicos, una carta de advertencia y varias páginas con fechas escritas a mano. —Ricardo me gritó delante de otros empleados porque un informe no estaba listo a la hora que él quería —explicó—. El problema fue que él mismo había cambiado las instrucciones la noche anterior. Alejandro escuchaba sin interrumpir. —Cuando intenté explicárselo, me dijo que las mujeres como yo siempre buscaban excusas para no hacer su trabajo. Clara tomó nota. Gabriela continuó. —Después empezó a enviarme mensajes fuera del horario laboral. Quería que respondiera inmediatamente. Si no contestaba, me acusaba de insubordinación. —¿Conservas esos mensajes? —preguntó Martín. —Sí. Están aquí. Entregó las copias. —Presenté una queja formal.

Daniel Foster me entrevistó y me dijo que revisarían el asunto. Dos semanas después, Ricardo recibió una advertencia, pero a mí me dijeron que debía mejorar mi actitud. Alejandro frunció el ceño. —¿Te mostraron las conclusiones de la investigación? —No. Solo me pidieron firmar una declaración que decía que el problema había sido un malentendido entre compañeros. —¿La firmaste? Gabriela bajó la mirada. —Sí. Tenía miedo de perder mi trabajo. Mi esposo acababa de quedarse sin empleo y yo pagaba la mayor parte de nuestras cuentas. Alejandro no intentó consolarla con promesas. —¿Qué ocurrió después? —Ricardo comenzó a asignarme las peores tareas. Me excluía de reuniones necesarias para completar mis informes y después me culpaba por los retrasos. —¿Lo denunciaste otra vez? —No. Cuando vi el correo que envió al equipo,

entendí que ya sabía quién había hablado con Recursos Humanos. Clara levantó la vista. —¿Cómo sabes que se refería a ti? Gabriela sacó otra hoja. —Porque al día siguiente me llamó a su oficina y dijo: «En esta empresa, la gente que crea problemas termina fuera. No confundas una queja con protección». La sala quedó en silencio. Alejandro miró a Martín. —Necesitamos verificar cada una de estas afirmaciones. —Ya estamos trabajando en ello —respondió el abogado. Gabriela cerró la carpeta, pero no se levantó. Parecía estar luchando contra algo que llevaba mucho tiempo guardado. —Hay otra cosa —dijo finalmente—. No sé si está relacionada con lo que pasó con su hija. Alejandro se inclinó hacia delante. —Cuéntanos. —Hace seis meses, Ricardo tuvo una discusión con un conductor de reparto. El hombre se negó a aceptar una orden que consideraba insegura.

Ricardo lo humilló delante de todos y después lo acusó de insubordinación. —¿El conductor sigue en la empresa? —No. Lo despidieron dos semanas después. Clara anotó el nombre que Gabriela le proporcionó. —¿Tienes pruebas de que Ricardo influyó en su despido? —No directamente. Pero recuerdo que Daniel Foster estuvo presente en una reunión sobre el caso. Alejandro respiró despacio. Tres quejas. Una posible represalia. Un correo intimidatorio. Un despido que merecía revisión. Nada de aquello demostraba todavía una conspiración. Pero sí justificaba una investigación independiente. —Gabriela —dijo—, no puedo prometerte cuál será el resultado. Sí puedo garantizarte que tu declaración será revisada y que no habrá represalias por colaborar con la investigación. Ella lo miró con los ojos húmedos. —Eso mismo me dijeron la última vez. Alejandro aceptó el reproche sin defenderse. —Entonces tendremos que demostrarlo con hechos. Cuando Gabriela salió de la sala, Clara cerró la puerta. —Si los documentos confirman lo que dice, no estamos ante un problema aislado de conducta. —Lo sé —respondió Alejandro. Martín recogió las copias. —Debemos considerar también que Ricardo puede alegar que está siendo investigado por motivos personales debido a su relación con Valeria. —Por eso necesitamos independencia, pruebas originales y conclusiones documentadas —dijo Alejandro—. Nadie va a fabricar un caso contra él.

En ese instante, el teléfono de Clara vibró. Leyó el mensaje y su expresión cambió. —Señor Mendoza, Daniel Foster acaba de solicitar una reunión urgente con el director general. Alejandro frunció el ceño. —¿Ha explicado por qué? Clara giró la pantalla hacia él. El mensaje contenía una sola frase. «Necesito hablar con usted antes de que descubra quién autorizó realmente el cierre de aquellas quejas». Alejandro volvió a leerla. Daniel no estaba negando los hechos. Estaba intentando adelantarse a ellos. Y, por primera vez, Alejandro sospechó que Ricardo Salvatierra quizá no había sido el único hombre que se sentía intocable dentro de su compañía.