Capítulo 1: Ella tenía frío y nadie quiso traerle una toalla
Maisie Rourke estaba arrodillada en el césped cuando Dessa atravesó la puerta de servicio con una bandeja de vasos limpios. El agua golpeó el hombro de la pequeña y corrió por debajo del cuello de su vestido de color marfil, que se había oscurecido hasta quedar pegado a su estrecha espalda. Sostenía las manos contra el pecho, con los dedos curvados hacia adentro, mientras Blythe estaba de pie junto al arriate de flores con la manguera de jardín. Más allá de las rosas trepadoras, un camarero le describía el champán a alguien que quería otra botella.
—Por favor… tengo tanto frío. —Maisie levantó el rostro hacia su madrastra, parpadeando para quitarse el agua de las pestañas.
Dessa se detuvo con la bandeja aún equilibrada contra su cadera. Las dos coletas de la niña colgaban en mechones mojados y se había quedado hierba atrapada en el dobladillo de su vestido. A los tres años, Maisie todavía necesitaba ayuda para abrocharse las sandalias; ahora intentaba mantenerse erguida sobre las rodillas resbaladizas mientras observaba la mano de Blythe.
—Puedes entrar cuando te hayas calmado —le dijo Blythe—. Mira el estado de ese vestido. Hablamos sobre portarte bien hoy, y decidiste que no tenías que escuchar.
Su voz tenía la paciencia mesurada que Dessa le había oído usar cuando Callum estaba presente. Esa familiaridad detuvo a Dessa por un momento: buscó una jarra volcada, un juego, alguna explicación que correspondiera a una tarde ordinaria. Luego, Blythe ajustó la boquilla y Maisie se encogió bajo el nuevo chorro. Dessa dejó la bandeja en el banco de piedra con tanta brusquedad que los vasos chocaron entre sí.
—Apáguelo, señora Rourke. Está temblando. Déjeme subirla y cambiarla antes de que se asuste más.
Blythe miró hacia la puerta de servicio en lugar de a la niña. Dessa cruzó el césped, consciente de un hombre de pie cerca de la pérgola de rosas con una copa suspendida a medio camino de su boca. Su breve sonrisa se desvaneció al pasar junto a él. Se hizo a un lado dándole espacio sin acercarse él mismo.
Un camarero del evento, Ellis Boone, había recogido una toalla doblada de la estación de catering. Se acercó a ellos sosteniéndola con ambas manos, con expresión incierta bajo la compostura cuidadosa que se esperaba del personal. Blythe lo vio acercarse y levantó la barbilla. La manguera siguió corriendo contra la falda de Maisie.
—Devuelve eso. Su padre y yo somos responsables de ella, y no voy a permitir que el personal le enseñe que llorar la libra de las consecuencias.
Ellis se detuvo junto al banco. Dessa lo vio mirar de la toalla a Blythe y luego dejarla sobre la piedra junto a su bandeja. Permaneció allí, frotándose el pulgar contra la costura de su pantalón. Reconoció la vacilación lo suficiente como para avergonzarse del momento que había pasado buscando una explicación inocente.
Dessa se agachó junto a Maisie и llevó a la niña contra su pecho. La pequeña se agarró a su uniforme con ambas manos, presionando la boca contra la tela mientras Dessa intentaba levantarla. El agua golpeó a Dessa en la mejilla, lo suficientemente fría como para cortarle la respiración, y luego se extendió por la parte delantera de su blusa. Giró el hombro hacia ella y cubrió la cabeza de Maisie con la palma de su mano.
—Si insistes en interferir, puedes quedarte aquí afuera con ella —dijo Blythe—. Te he pedido en repetidas ocasiones que dejes de socavarme, Dessa. Pareces pensar que ser útil en esta casa te hace parte de la familia.
La rodilla de Dessa resbaló en el lodo debajo del césped. Se sostuvo con una mano, manteniendo el rostro de Maisie contra su cuello, y sintió el temblor de la niña a través de ambas capas de ropa mojada. Había vivido en la habitación encima del garaje el tiempo suficiente para saber qué tan rápido un desacuerdo podía convertirse en una conversación sobre su empleo. Con Maisie aferrada a ella, luchó por ponerse de pie.
—Celia, llama para pedir ayuda. —Dessa miró hacia la gerente de catering que entraba por la puerta de servicio—. Diles que a una niña pequeña la han mojado deliberadamente y está temblando. Necesitamos a alguien aquí.
Celia Navarro contempló la manguera, a la niña y la toalla que yacía al alcance de la mano en el banco. Sacó su teléfono mientras Ellis finalmente arrebataba la toalla y se la llevaba a Dessa. Blythe se volvió hacia Celia, tomando aire para hablar, pero el agua se debilitó antes de que pudiera terminar. Cayó en un arco flojo y se detuvo.