—¿Y la aceptaron? —No está claro que se haya ejecutado ninguna modificación. Por eso quiero el expediente completo antes de decirte qué se hizo y qué no. —¿Cuándo recibieron esa autorización? Elliot miró sus notas. —Hace seis semanas. Seis semanas. En aquel momento, yo todavía vivía en la habitación de huéspedes de Daniel. Desayunaba con Vanessa los domingos y le preguntaba a mi hijo cómo iban los proyectos de construcción. Incluso había comenzado a considerar la posibilidad de comprar un pequeño departamento cerca de un parque para recuperar cierta independencia. Mientras yo pensaba en cómo organizar mi jubilación, alguien estaba presentando documentos para modificar los beneficios del fideicomiso. —Quiero ver todo —dije. —Lo verás. —Y quiero saber quién puso mi nombre ahí. Elliot cerró la computadora. —Eso es exactamente lo que vamos a averiguar.

A las dos de la tarde, el administrador del fideicomiso nos recibió en una oficina ubicada en el centro financiero de Dallas. Richard Cole era un hombre de cincuenta y tantos años, de cabello plateado y modales tan cuidadosos que cada frase parecía haber pasado por una revisión legal antes de salir de su boca. Sobre la mesa había tres carpetas. La primera contenía el documento original de la solicitud. La segunda incluía correspondencia con el banco. La tercera reunía los registros de las verificaciones realizadas por el personal administrativo. Richard me ofreció agua. —Señora Halbrook, lamento mucho las circunstancias en las que nos encontramos. Nuestro objetivo es proteger el fideicomiso y respetar sus instrucciones válidas. —Entonces dígame por qué hay una firma mía en un documento que nunca he visto.

Richard no intentó esquivar la pregunta. —La solicitud fue presentada por una entidad vinculada a Halbrook Construction. El expediente indicaba que usted había comenzado un proceso de transición en la administración de sus asuntos financieros. —Eso es falso. —Comprendo. —No, señor Cole. No creo que comprenda. Mi hijo me empujó a través de una puerta de cristal cuando intenté llamar a mi abogado. Después descubrimos que había informado al banco de una transición que yo nunca autoricé. Richard bajó la mirada hacia la carpeta. —Entiendo por qué considera que los acontecimientos están relacionados. —¿Y usted? Miró a Elliot antes de responder. —Creo que hay suficientes inconsistencias para justificar una revisión inmediata. Elliot abrió la primera carpeta. El documento tenía seis páginas. En las dos primeras se describía una supuesta reorganización de los beneficios del fideicomiso.

En la tercera aparecía una declaración según la cual yo había expresado mi intención de delegar determinadas decisiones financieras. Nunca había expresado tal intención. En la cuarta página se hacía referencia a una supuesta evaluación médica. En la quinta estaban las firmas. La de Thomas parecía perfecta. Demasiado perfecta. Recordé una costumbre de mi esposo: cuando firmaba documentos importantes, apoyaba la mano izquierda sobre el papel para mantenerlo firme. A menudo, al levantarla, dejaba una ligera marca de tinta azul en el borde. En aquella página, la firma no mostraba ninguna variación de presión. Parecía reproducida a partir de otra imagen. —Elliot —dije—, mira esto. El abogado examinó la página con atención. —Es una observación importante. No demuestra por sí sola que la firma sea falsa, pero debemos pedir un análisis forense.

Richard abrió la tercera carpeta. —Hay otra cuestión que quiero que conozcan. La solicitud incluía una carta supuestamente firmada por la señora Halbrook en la que expresaba su deseo de que Vanessa Reed pudiera asistirla en la administración de sus asuntos personales.