Su respuesta me pareció sincera, pero ya no podía confiar en la sinceridad como sustituto de las pruebas. Tomé el contrato sin tocar las páginas faltantes y lo deslicé hacia el extremo de la mesa. —Elliot debe recibir esto. Daniel asintió. —Por eso te lo traje. —¿Por qué ahora? Se quedó mirando la taza de café. —Porque anoche Vanessa me dijo que, si la operación fracasaba, Richard tenía documentos suficientes para demostrar que yo había participado en todo. —¿Y participaste? —Sí. En las conversaciones. En las reuniones. Pero no falsifiqué tu firma ni la de papá. —¿Firmaste alguna autorización? —Firmé un documento de confidencialidad y una propuesta preliminar. Nunca firmé una transferencia de activos. No podía saber si estaba diciendo toda la verdad. Pero había algo que sí sabía: Daniel estaba empezando a comprender que Vanessa y Richard podían estar preparados para sacrificarlo si la operación salía mal.

—¿Qué pasó aquella noche en la oficina? —pregunté, recordando la llamada que había recibido de Vanessa. Daniel se puso rígido. —Vanessa recibió un mensaje de Richard. Decía que el banco necesitaba la documentación antes del viernes. Ella estaba furiosa porque la petición de tutela todavía no se había presentado. —¿Y tú qué hiciste? —Le dije que no quería continuar hasta que un médico independiente evaluara tu situación. —¿Por qué? —Porque sabía que algunas cosas que había escrito sobre ti no eran ciertas. Lo miré sin pestañear. —¿Y qué hizo ella? Daniel respiró profundamente. —Me dijo que ya habíamos llegado demasiado lejos para detenernos. Que, si retrocedíamos, perderíamos la financiación y yo tendría que responder por las deudas de la empresa. —¿Te amenazó? —Dijo que tenía correos y documentos que demostraban que yo había apoyado el plan.

—¿Y tú seguiste adelante? Daniel no respondió. Su silencio era suficiente. Me levanté. Él hizo el mismo movimiento, pero no intentó detenerme. —Mamá, espera. —No voy a firmar nada. No voy a autorizar ninguna modificación. Y no voy a volver a tu casa mientras no pueda estar segura de que estoy a salvo. —Lo entiendo. —No, Daniel. Apenas estás empezando a entenderlo. Dejé el contrato sobre la mesa. —Si quieres reparar algo de lo que hiciste, entrega todos los documentos a Elliot. No ocultes nada. No borres correos. No intentes coordinar versiones con Vanessa. Y no vuelvas a decir que estabas protegiéndome cuando en realidad estabas intentando conseguir acceso a mi patrimonio. Daniel tenía los ojos húmedos. —¿Crees que algún día podrás perdonarme? No contesté inmediatamente. Lo amaba. Ese era el problema.

Lo amaba incluso cuando recordaba el cristal rompiéndose detrás de mí. Lo amaba incluso cuando pensaba en la manera en que había recogido la escoba mientras yo me desangraba en el patio. Pero el amor no podía convertirse en una promesa que él utilizara para escapar de las consecuencias. —No lo sé —respondí—. Eso dependerá de lo que hagas ahora. Salí del restaurante con Elliot y le entregué el sobre. El abogado examinó el contrato mientras caminábamos hacia el automóvil. —Esto puede ser importante —dijo—, pero tendremos que verificar su procedencia, obtener las páginas faltantes y revisar los documentos originales. —¿Y Richard?

—Si está involucrado, tendrá que responder a las preguntas correspondientes. Pero no vamos a acusarlo de falsificación basándonos únicamente en una copia incompleta. Asentí. Entonces Elliot se detuvo junto a la puerta del automóvil. —Margaret, hay una cosa que me preocupa. —¿Qué? Sacó su teléfono y me mostró una notificación del administrador del fideicomiso. Richard Cole había recibido una solicitud de acceso a un archivo histórico relacionado con los primeros acuerdos comerciales de Thomas. La solicitud se había presentado esa misma mañana. Y el nombre de la persona que la había autorizado no era el de Richard Halbrook. Era el de un antiguo abogado de mi esposo. Uno que, según los registros, había firmado el documento original que puso fin a la disputa entre los dos hermanos veinte años atrás. Elliot levantó la mirada. —Si este hombre está entregando documentos antiguos a Richard, necesitamos saber por qué. Antes de que pudiera responder, recibió otra notificación. Era un mensaje de Daniel. «Mamá, acabo de recordar algo. La persona que llevó el documento con la firma de papá a la oficina de Vanessa no fue Richard». Debajo aparecía un nombre. El nombre de alguien que yo había considerado parte de nuestra familia durante casi treinta años.

Capítulo 8: La traición de quien conocía nuestros secretos