—¿Qué documentos? —Copias de contratos antiguos, cartas y un borrador de una modificación. Algunas tenían la firma de papá. Miré el papel frente a mí. La fecha que aparecía junto a la cláusula era de dos días antes de la muerte de Thomas. Recordé aquella semana. Mi esposo había pasado varias noches trabajando en su despacho. Estaba preocupado por una disputa comercial, pero me aseguró que todo quedaría resuelto. Dos días después, sufrió una complicación cardíaca inesperada. Murió en el hospital antes del amanecer. Yo nunca había sabido que existiera una modificación pendiente del fideicomiso. —¿Viste el original? —pregunté. Daniel negó con la cabeza. —Solo copias. —¿Y quién las proporcionó? —Richard. La respuesta no me sorprendió. Lo que me sorprendió fue la siguiente frase. —Vanessa cree que él tiene derecho a una parte del patrimonio porque ayudó a crear algunos de los primeros negocios de papá.

Me quedé inmóvil. Thomas y Richard habían comenzado juntos una pequeña empresa de materiales de construcción mucho antes de que Daniel naciera. Durante años trabajaron hombro con hombro. Después, una operación inmobiliaria terminó en una disputa por préstamos, responsabilidades y documentos que ninguno de los dos estaba dispuesto a reconocer. Thomas me había contado que Richard había utilizado dinero de la empresa sin autorización. Richard había sostenido lo contrario. La disputa terminó en tribunales y en la disolución de su sociedad. Thomas ganó la parte principal del litigio, pero nunca celebró aquella victoria. La pérdida de su hermano lo acompañó durante años. —Tu padre no le debía nada a Richard —dije. Daniel levantó la cabeza. —¿Cómo puedes estar segura? —Porque estuve con Thomas cuando revisó los acuerdos finales. Escuché a los abogados.

Vi los documentos. La disputa se resolvió legalmente. —¿Y si papá cometió un error? La pregunta me dolió. —Entonces habría tenido que demostrarlo con documentos auténticos y por las vías legales. No con una petición para declararme incapaz ni con una firma atribuida a un hombre muerto. Daniel se quedó callado. El restaurante seguía lleno de conversaciones, platos y cubiertos. Un mesero pasó a nuestro lado con una bandeja de bebidas. Pero entre nosotros se había abierto una distancia que ningún ruido podía ocultar. —¿Richard te dijo que podía ayudarte a controlar el fideicomiso? —pregunté. —Me dijo que, si se modificaba la administración de los beneficios, podría organizar una operación que resolviera las deudas de la empresa y liberara la garantía. —¿Y tú aceptaste? Daniel cerró los ojos. —Acepté seguir hablando con él.

—Eso no es lo que te pregunté. —Acepté participar en las conversaciones sobre la operación. Sentí una tristeza tan profunda que por un instante olvidé mi enojo. Mi hijo había conocido a un hombre que su padre consideraba capaz de traicionar a su propia familia y, en lugar de preguntarse por qué Thomas había roto todo contacto con él, había visto una oportunidad de conseguir dinero. —¿Sabías que Richard había contactado a Vanessa? —pregunté. Daniel asintió. —Ella fue quien me presentó la idea. Dijo que Richard tenía información sobre los documentos antiguos y que podía ayudarnos a estructurar la operación. —¿Quién redactó la petición de tutela? Daniel apretó los labios. —Vanessa contrató al abogado. —¿Y Richard? —Estaba al tanto de que necesitábamos modificar la administración. —¿Al tanto o involucrado? —No lo sé.