Escuché el mensaje dos veces.
Después se lo envié a Elliot.
—¿Crees que está intentando protegerse? —pregunté.
—Es posible. También podría estar preocupada por las consecuencias de lo ocurrido. No vamos a asumir cuál de las dos cosas es cierta. Conservaremos el mensaje y cualquier conversación posterior.
No respondí a Vanessa.
No porque quisiera castigarla.
Sino porque cualquier conversación improvisada podía convertirse en una discusión sobre lo que ella recordaba, lo que yo había entendido o lo que supuestamente habíamos acordado.
Si tenía información relevante, podía entregarla por medio de los abogados.
A las tres y media, recibimos una llamada de Daniel.
—Mamá, Vanessa quiere verte —dijo.
—Ya me dejó un mensaje.
—Está asustada.
—Yo también tuve miedo cuando me caí sobre el cristal.
Daniel guardó silencio.
—Lo sé.
—No, Daniel. Tú estabas allí. Me viste sangrar. Y elegiste quedarte dentro de la casa.
Su respiración se volvió irregular.
—No hay un solo día en que no recuerde lo que hice.
—Entonces no me pidas que te ayude a sentirte mejor. Haz lo que tengas que hacer para responder por ello.
—Vanessa dice que Arthur les aseguró que el documento era auténtico.
—Eso tendrá que demostrarlo.
—También dice que Richard le prometió que la deuda de la empresa quedaría resuelta.
—¿Y tú le creíste?
Daniel tardó en contestar.
—Sí.
Cerré los ojos.
—Ese fue tu error. No puedes entregar mi libertad a cambio de una promesa financiera y después decir que alguien te convenció.
—Lo entiendo.
—Espero que sí.
Antes de colgar, Daniel dijo algo que me hizo detenerme.
—Mamá, encontré un correo que papá le envió a Arthur pocos días antes de morir. No estaba en la caja de Vanessa. Estaba guardado en un archivo antiguo de la empresa.
—¿Qué dice?
—Que, si alguien volvía a reclamar una parte de sus activos después de la separación, debían consultar a Elliot antes de responder.
—¿Por qué no lo enviaste antes?
—Porque no sabía que existía. Lo encontré buscando los documentos del préstamo.
Le pedí que lo entregara al despacho sin alterar el archivo original.
Unos minutos después, Elliot recibió el correo.
Era breve, pero contenía una instrucción inequívoca.
Thomas pedía que cualquier reclamación futura de Richard se remitiera a sus abogados y que nadie prometiera una compensación ni reconociera derechos sobre el fideicomiso sin revisar el acuerdo original.
La fecha era de varios años antes de su muerte.
—Esto confirma que Thomas no consideraba el asunto abierto —dije.
—Confirma que quería que cualquier reclamación futura se revisara formalmente —corrigió Elliot—. Es una prueba útil de su intención, aunque la validez de los derechos económicos tendrá que determinarse con todos los documentos pertinentes.
Me incliné hacia atrás.
Por primera vez desde que había salido herida de la casa de Daniel, sentí que podía respirar sin tener que defenderme de una nueva sorpresa cada pocos minutos.
No porque todo estuviera resuelto.
Sino porque ya no dependíamos de lo que Vanessa afirmaba, de lo que Richard recordaba o de lo que Arthur estaba dispuesto a reconocer.
Teníamos documentos.
Teníamos fechas.
Teníamos registros que podían verificarse.
Y teníamos un procedimiento legal para averiguar la verdad.
A las cinco, Elliot recibió una llamada del abogado de Laura.
Arthur había aceptado entregar determinados archivos electrónicos y someterse a una entrevista formal.
No había admitido haber alterado ningún documento.
Tampoco había explicado por qué solicitó que el banco aceptara la versión cuestionada antes de que yo pudiera examinarla.
Pero había aceptado cooperar.
Elliot consideró que era un avance, aunque insistió en que debíamos esperar los resultados de la revisión independiente.
Yo estaba a punto de marcharme cuando el administrador del fideicomiso llamó.
Había recibido una notificación sobre una solicitud de información presentada por un tercero.
No se trataba de una orden judicial ni de una transferencia autorizada.
Era una petición para identificar a todas las personas que habían recibido comunicaciones sobre una posible modificación del control del fideicomiso.
La solicitud incluía el nombre de Daniel.
También incluía el de Vanessa.
Y el de Arthur.
Pero había un cuarto nombre.
*Eleanor Price.*
Me quedé inmóvil.
Eleanor había sido la secretaria personal de Thomas durante los últimos quince años de su vida. Después de su muerte, se había retirado y se había mudado a Arizona.
Nunca había vuelto a involucrarse en nuestros asuntos familiares.
No había aparecido en los documentos que habíamos revisado.
Y, hasta ese momento, nadie había mencionado que pudiera tener información sobre la supuesta modificación.
—¿Quién presentó la solicitud? —pregunté.
El administrador confirmó que había sido enviada por el abogado de Richard.
Elliot anotó el dato y solicitó una copia completa.
Después buscó el nombre de Eleanor en el archivo histórico del fideicomiso.
Encontró una referencia a una declaración que ella había firmado varios años atrás, durante una revisión administrativa de los documentos de Thomas.