El nombre era Arthur Bell. Durante casi treinta años, Arthur había sido el contador y asesor financiero de Thomas. Conocía nuestras propiedades, nuestros préstamos y la estructura del fideicomiso mejor que muchos empleados del banco. Había asistido a cenas familiares. Había celebrado los cumpleaños de Daniel y había brindado con nosotros durante las fiestas de fin de año. Cuando Thomas murió, Arthur fue una de las primeras personas que me llamó para ofrecer ayuda con los documentos. Yo confiaba en él. Por eso, cuando Elliot leyó el mensaje de Daniel, sentí que una parte de mi historia volvía a desmoronarse. —¿Estás seguro de que fue Arthur? —pregunté por teléfono. Daniel respondió después de varios segundos. —Sí. Lo vi salir de la oficina de Vanessa hace tres semanas. Llevaba una carpeta negra.

Cuando le pregunté qué hacía allí, me dijo que estaba ayudando a organizar unos documentos antiguos de papá. —¿Y por qué no me lo dijiste antes? —Porque no sabía que tenía relación con la petición de tutela. —¿Viste los documentos que llevaba? —No. Pero Vanessa me dijo después que Arthur había encontrado información que podía ayudar a resolver la disputa con Richard. Elliot, sentado frente a mí en el automóvil, me hizo una señal para que preguntara algo más. —Daniel, ¿Arthur sabía que yo nunca había autorizado un cambio en el fideicomiso? —No lo sé. —¿Te dijo que las firmas eran auténticas? —Dijo que los documentos provenían del archivo de tu padre. Aquella respuesta no resolvía nada. Un documento podía provenir de un archivo auténtico y, aun así, haber sido copiado,

alterado o utilizado fuera de contexto. —Necesito que le entregues a Elliot todos los mensajes que intercambiaste con Arthur y con Vanessa —dije. —Lo haré. —Y quiero que entiendas algo. No vuelvas a llamarme para advertirme que Vanessa está enfadada contigo. Si tienes pruebas, entrégalas. Si cometiste errores, reconócelos. Pero no me conviertas en la persona que debe resolver las consecuencias de tus decisiones. Daniel guardó silencio. —Lo entiendo, mamá. Colgué. Elliot no arrancó inmediatamente. —Arthur es una pieza importante —dijo—, pero no debemos adelantarnos. Si realmente tuvo acceso al archivo histórico, pudo haber entregado copias legítimas sin conocer el propósito final. —¿Y si sabía lo que estaban haciendo? —Entonces los registros deberían ayudarnos a establecerlo. Miré por la ventana. Thomas había confiado en Arthur durante décadas. Si aquel hombre había participado en una operación destinada a utilizar mi supuesta incapacidad para modificar el control del fideicomiso,

no solo estaría traicionándome a mí. Estaría traicionando a un amigo muerto. —Quiero hablar con él —dije. Elliot negó con suavidad. —No directamente. Si lo contactas ahora, podrías alertarlo o complicar la conservación de las pruebas. Primero vamos a obtener los documentos y determinar qué información tiene realmente. No me gustaba esperar. Pero había aprendido que actuar por impulso podía darles a otras personas la oportunidad de controlar la conversación. Esa tarde, el despacho de Elliot envió solicitudes formales al antiguo abogado de Thomas, al administrador del fideicomiso y a la oficina de Arthur. También pidió que se conservaran los registros electrónicos relacionados con la preparación y transmisión de los documentos cuestionados. No se trataba de declarar culpable a nadie. Se trataba de impedir que las pruebas desaparecieran antes de que pudiéramos comprender lo ocurrido.

A las cinco, mientras Elliot revisaba las respuestas, recibí una llamada de una mujer que no reconocí. —¿Señora Halbrook? —Sí. —Mi nombre es Laura Bennett. Trabajo en la oficina de Arthur Bell. Necesito hablar con usted sobre unos documentos que el señor Bell preparó por solicitud de Vanessa Reed. Me enderecé en la silla. —¿Qué documentos? —No puedo describirlos con precisión por teléfono. Pero he visto una copia de una autorización que lleva su nombre y una firma atribuida a su esposo. Hay algo en ella que me preocupa. Miré a Elliot.