Y cuando pronunció aquel nombre, comprendí por qué mi esposo había dejado instrucciones tan específicas para proteger el fideicomiso. Porque el nombre que aparecía en el contrato pertenecía a una persona que Thomas había expulsado de nuestras vidas veinte años atrás.
Capítulo 7: El hombre que mi esposo juró no volver a ver
El nombre impreso en aquel contrato me hizo sentir que el restaurante se inclinaba bajo mis pies.Richard Halbrook. El hermano mayor de Thomas. El hombre que había desaparecido de nuestras vidas veinte años atrás, después de una disputa familiar tan amarga que mi esposo había ordenado retirar su nombre de todos los documentos comerciales que compartían. Durante dos décadas, nadie había mencionado a Richard en nuestra mesa. Ni en Navidad. Ni en los cumpleaños de Daniel.
Ni siquiera durante el funeral de Thomas. Yo había llegado a creer que aquel capítulo de nuestra historia estaba cerrado para siempre. Ahora su nombre aparecía en un documento que pretendía modificar los beneficios de un fideicomiso valorado en más de veintiún millones de dólares. —¿De dónde sacaste esto? —pregunté. Daniel retiró lentamente la mano del contrato. —Estaba en el sobre que Vanessa guardaba en su oficina. —¿Entraste a su oficina sin permiso? —Es una habitación dentro de mi casa, mamá. Y, después de lo que pasó, necesitaba saber qué estaba haciendo. Lo observé con incredulidad. —¿Ahora te preocupa lo que hace tu esposa con documentos ajenos? Daniel bajó la mirada. No tenía derecho a exigirle una respuesta que yo misma llevaba años esperando de él. Señalé el contrato. —Explícame qué significa.
—No lo sé con certeza. Hay páginas que faltan y algunas partes están marcadas con notas. Lo encontré después de que Vanessa me dijera que Richard podía ayudarnos a resolver el problema de la garantía. —¿Tu tío está vivo? —Sí. La respuesta fue tan simple que me pareció imposible. —¿Y tú has estado hablando con él? Daniel asintió. —Desde hace unos cuatro meses. Sentí que el aire se me escapaba. Cuatro meses. Eso significaba que mi hijo había retomado contacto con el hermano de su padre mientras yo todavía vivía en su casa, desayunaba con él y creía que nuestros problemas familiares eran simples desacuerdos sobre dinero y espacio. —¿Por qué no me lo dijiste? Daniel se frotó la nuca. —Porque Vanessa me pidió que esperara. —¿Y desde cuándo Vanessa decide qué puedes contarme? —No es tan sencillo.
—Entonces hazlo sencillo, Daniel. Dime la verdad. Él miró hacia la puerta del restaurante, como si temiera que alguien pudiera entrar en cualquier momento. —Richard se puso en contacto conmigo después de que la empresa empezara a tener problemas. Sabía que necesitaba financiación. Me dijo que conocía a personas capaces de ayudarme a conseguir un préstamo puente. —¿A cambio de qué? Daniel guardó silencio. —¿A cambio de qué? —repetí. —Quería participar en una operación vinculada al fideicomiso. Apreté los dedos contra el borde de la mesa. —El fideicomiso no es una empresa que puedas vender por partes. —Lo sé ahora. —No. Lo sabías antes. Tu padre te explicó muchas veces que tenías un interés futuro, no autoridad presente. Daniel se pasó ambas manos por el rostro. —Richard dijo que Thomas había dejado asuntos sin resolver.
Que existían acuerdos antiguos que podían revisarse si se demostraba que la estructura actual ya no reflejaba la intención original de la familia. —¿Y le creíste? —Me mostró documentos.