Daniel se quedó completamente inmóvil. —¿Qué firma? —La autorización que supuestamente firmamos Thomas y yo. Su rostro perdió el color. —Yo no la firmé. —No te he preguntado si la firmaste tú. Daniel miró hacia el sobre. —Vanessa dijo que los documentos ya estaban preparados. —¿Quién puso la firma de tu padre? Se frotó la frente. —No lo sé. —Daniel. —Te juro que no lo sé. No podía determinar si mentía. Necesitaba pruebas, no una expresión de angustia. —¿Cuándo viste ese documento por primera vez? —Hace dos semanas. —¿Y no te preguntaste cómo podía haber firmado tu padre algo después de morir? Daniel se llevó ambas manos al rostro. —Vanessa dijo que era una copia de una autorización antigua. Que el abogado había utilizado un documento previo para preparar el nuevo expediente.
—¿Y tú le creíste? —Quería creerle. Aquella respuesta me dolió más de lo que esperaba. Porque no estaba diciendo que hubiera comprobado la autenticidad de la firma. Estaba diciendo que había preferido no preguntar. —¿Dónde está el original? —pregunté. Daniel señaló el sobre. —Aquí hay una copia de la versión que me enseñaron. El original, según Vanessa, está en la oficina del abogado. Elliot, desde la mesa cercana, levantó la mirada al notar que Daniel había sacado documentos. Yo no toqué el sobre. —Dáselo a mi abogado —dije—. Él decidirá cómo conservarlo y entregarlo a los investigadores. Daniel asintió. Luego bajó la voz. —Hay algo más. Esperé. —Vanessa tiene una copia de tu identificación, de algunos documentos de Thomas y de una carpeta que estaba en tu habitación. Sentí un escalofrío.
—¿Qué carpeta? —La que guardabas en el cajón de abajo de tu escritorio. La de los papeles del fideicomiso. Yo había llevado algunos documentos personales a la casa de Daniel porque pensaba revisar mis asuntos con calma durante la jubilación. La carpeta contenía copias de documentos, no los originales más importantes, pero incluía información que nunca había autorizado a Vanessa a utilizar. —¿Cómo consiguió esa carpeta? Daniel no me miró. —La encontró cuando te ayudó a reorganizar la habitación. Recordé aquella tarde. Vanessa había insistido en que necesitaba espacio para guardar ropa de cama. Me ayudó a mover cajas y abrió varios cajones para decidir qué cosas podía trasladar al armario. Yo había confiado en ella. —¿Qué hizo con los documentos? —pregunté. —No lo sé todo. —Entonces dime lo que sí sabes.
Daniel tragó saliva. —Hace una semana discutimos. Le dije que no quería seguir con la petición de tutela si no teníamos una evaluación independiente. Ella se enfadó y dijo que ya era demasiado tarde para detenerlo. —¿Por qué? —Porque el banco esperaba la documentación antes del viernes. Y porque había otras personas que habían invertido dinero en la operación. —¿Qué personas? Daniel abrió la boca, pero su teléfono vibró sobre la mesa. En la pantalla apareció el nombre de Vanessa. Él lo puso boca abajo. Volvió a vibrar. Y otra vez. Finalmente contestó. —Estoy hablando con mamá —dijo. No alcancé a escuchar todas las palabras de Vanessa, pero su voz era lo bastante fuerte para percibir la furia. Daniel intentó mantener la calma. —No, no le he pedido que firme nada.
Pausa. —Te dije que iba a explicárselo. Otra pausa. Su rostro se endureció. —Vanessa, basta. La mujer gritó algo al otro lado. Daniel apartó el teléfono de su oído. Entonces pronunció una frase que me hizo comprender que la conversación estaba a punto de cambiarlo todo. —No puedes seguir diciendo que fue idea mía cuando tú fuiste quien llamó al abogado y le pidió que preparara los documentos. Vanessa dejó de hablar. Daniel también.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada. Finalmente, ella respondió con una voz tan fría que pude escucharla desde mi silla. —Si le cuentas lo que pasó aquella noche en la oficina, Daniel, voy a asegurarme de que tú seas el único que termine pagando por todo. La llamada se cortó. Daniel permaneció mirando la pantalla. Yo sentí que el corazón me golpeaba con fuerza. —¿Qué pasó aquella noche en la oficina? —pregunté. Mi hijo levantó los ojos. Por primera vez desde que llegué al restaurante, no parecía estar intentando proteger his empresa ni convencerme de que regresara a casa. Parecía tener miedo. —Mamá —dijo en voz baja—, la petición de tutela no fue lo primero que Vanessa preparó. Sacó una última hoja del sobre. Era un borrador de contrato con varias páginas faltantes. En la parte superior aparecía el nombre de una sociedad que yo no conocía. Debajo había una cláusula que mencionaba la transferencia de ciertos derechos económicos del fideicomiso. Y al final, junto a una línea destinada a la firma de la fideicomisaria, aparecía una fecha. Dos días antes de que Thomas muriera. Daniel deslizó el documento hacia mí, sin soltarlo del todo. —Esto es lo que ella quería que encontraras —susurró—. Pero hay una cosa que nunca te dijo. Lo miré. —¿Cuál? Daniel señaló el nombre de la sociedad. —Vanessa no es la única persona que podría beneficiarse de esta operación. Alguien más estuvo financiando el plan desde el principio.