Capítulo 6: La confesión detrás del restaurante
Elliot leyó el mensaje dos veces antes de devolverme el teléfono. —No vas a ir sola. —Dice que quiere hablar conmigo. —Después de lo que ocurrió, no voy a recomendarte que te encuentres a solas con él en un lugar que no conoces. Miré la ubicación. Era un restaurante discreto en una zona comercial al norte de Dallas. Daniel había elegido una mesa para las ocho de la noche, según el mensaje que envió después. —Quizá quiere confesar lo que hizo —dije. —Quizá. También podría intentar convencerte de que retires las medidas de protección. No sabemos qué pretende. Me quedé en silencio. Una parte de mí quería correr hacia mi hijo, abrazarlo y preguntarle qué le había ocurrido al hombre que yo había criado.
Otra parte recordaba el sonido de la puerta de cristal al romperse y la sangre que me resbalaba por el cuello mientras él me decía que me fuera. No podía seguir separando a Daniel en dos personas distintas: el niño al que había amado y el hombre que me había hecho daño. Ambos eran mi hijo. Y ambos tenían que existir en mi memoria. —Quiero escucharlo —dije finalmente—. Pero no voy a firmar nada ni a hablar de cambios en el fideicomiso. Elliot asintió. —Entonces podemos organizar un encuentro en un lugar público, con un profesional de nuestro despacho cerca. No habrá documentos para firmar y cualquier conversación relevante se registrará en notas legales. —¿Crees que aceptará? —Si realmente quiere contarte algo, no debería necesitar que renuncies a tus derechos para hacerlo.
A las siete y cuarenta y cinco, llegamos al restaurante. Era un local pequeño, con mesas de madera oscura, lámparas amarillas y ventanas que daban a un estacionamiento casi vacío. Olía a carne asada, tortillas recién calentadas y café. Daniel ya estaba allí. Llevaba una camisa azul arrugada y tenía ojeras profundas. Había perdido la expresión arrogante que mostraba durante nuestras discusiones. Sobre la mesa había una taza de café sin tocar y un sobre manila. Cuando me vio entrar, se puso de pie. Por un segundo, sus ojos se detuvieron en el vendaje de mi cabeza. Su rostro cambió. —Mamá… No terminé de acercarme. Él dio un paso, pero yo levanté la mano. —Siéntate, Daniel. Obedeció. Elliot permaneció en una mesa cercana con un colega de su despacho. Podíamos verlos desde donde estábamos,
pero no podían escuchar cada palabra de nuestra conversación. Daniel miró mis manos. —¿Te duele? —Sí. Bajó la cabeza. —Lo siento. Esperé. Durante ocho meses había escuchado excusas, bromas crueles y advertencias disfrazadas de preocupación. No quería volver a conformarme con una disculpa que solo sirviera para abrirle la puerta a otra petición. —¿Por qué me empujaste? —pregunté. Daniel cerró los ojos. —Estaba desesperado. —Eso no responde mi pregunta. —Te vi sacar el teléfono y pensé que ibas a llamar a Elliot. Sabía que, si él intervenía, el banco podía suspender la operación. —¿Y por eso decidiste que era aceptable arrojar a tu madre contra una puerta de cristal? —No. No fue aceptable. —¿Pensaste en eso cuando me viste en el suelo? Daniel se frotó la cara. —No sabía qué hacer.
—Podías llamar a una ambulancia. No respondió. —Podías ayudarme a levantarme. Sus ojos comenzaron a humedecerse. —Lo sé. —Podías haber dicho que lo sentías sin obligarme a abandonar tu casa sangrando. Daniel miró hacia la ventana. —Vanessa estaba gritando. Todo pasó muy rápido. Sentí que una parte de mí se enfriaba. —No vuelvas a culpar a tu esposa por una decisión que tomaste tú. Daniel asintió lentamente. —Tienes razón. Era la primera vez que lo escuchaba reconocer su responsabilidad sin añadir inmediatamente una excusa. Pero no bastaba. —¿Qué quieres contarme? Miró el sobre manila. —La empresa está en problemas, mamá. Problemas graves. —Elliot ya me explicó parte de la situación. —No sabes todo. Abrió el sobre y sacó varias hojas. No me las entregó. Las dejó frente a él, como si todavía temiera que yo pudiera utilizarlas en su contra. —Hace nueve meses perdimos un contrato importante —dijo—. El cliente canceló el proyecto después de que ya habíamos comprado materiales y contratado subcontratistas. Tuvimos que cubrir gastos que no esperábamos. —¿Y qué hiciste? —Pedí una línea de crédito. —¿A quién? —A Lone Star Commercial Bank.